Nota del Editor: Pedro Brieger es un periodista y sociólogo argentino, autor de más de siete libros y colaborador en publicaciones sobre temas internacionales. Actualmente se desempeña como director de NODAL, un portal dedicado exclusivamente a las noticias de América Latina y el Caribe. Colaboró con diferentes medios argentinos como Clarín, El Cronista, La Nación, Página/12, Perfil y para revistas como Noticias, Somos, Le Monde Diplomatique y Panorama. A lo largo de su trayectoria Brieger ganó importantes premios por su labor informativa en la radio y televisión de Argentina.

(CNN Español) - La desaparición y posible homicidio del periodista saudí Jamal Khashoggi, el 2 de octubre en Estambul, se ha convertido en un hecho político de tal magnitud que ha desatado críticas públicas al reino de Arabia Saudita como pocas veces en los últimos tiempos.

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El periodista, que supo pertenecer a círculos cercanos al trono durante mucho tiempo, se había vuelto opositor de la monarquía con sus columnas publicadas en diversos medios de comunicación y particularmente en The Washington Post.

El caso del reino liderado ahora por el príncipe Mujamad Bin Salman es digno de análisis. Numerosas organizaciones de derechos humanos -como Amnistía Internacional en su último informe- lo denuncian por los juicios sin garantías, las ejecuciones que se practican de manera sistemática o la persecución de diferentes minorías religiosas.

Desde 2015 interviene en la guerra civil de Yemen. Varios de sus bombardeos han ocasionado la muerte de decenas de niños, además de haber impuesto un bloqueo total a su pequeño vecino Qatar.

Sin embargo, gracias al apoyo de Estados Unidos y de numerosos países europeos, Arabia Saudita no figura en la lista de Estados “paria” como Corea del Norte, Irán o Venezuela. Las razones de dicha exclusión son sencillas: responden a lineamientos políticos y económicos.

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Estados Unidos considera que los saudíes son un factor clave en el entramado del Medio Oriente para contener a la República Islámica de Irán, y aunque en 2002 le propuso un plan de paz a los israelíes que estos rechazan, no mantiene una actitud abiertamente hostil al Estado de Israel como otros países árabes. Por otra parte, y tal vez el factor más relevante, el 18% de las armas que vende Washington van a Ryad, que desde hace años es su principal comprador de armas.

Como si de la noche a la mañana se hubiera caído un velo que ocultaba lo que todos conocían y callaban, la desaparición de Khashoggi ha provocado una catarata inusual de críticas al reino e incluso cancelaciones al gran evento saudí para inversores bautizado como “Davos en el desierto” y planificado para el 23 de octubre. Ya avisaron que no participarán algunas de las multinacionales más poderosas, medios de comunicación, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional y el presidente del Banco Mundial.

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Más allá de que se sepa con certeza qué sucedió con Khashoggi, una tormenta que no es precisamente de arena azota al reino. Pero Arabia Saudita puede reaccionar. Tiene un arma muy poderosa en sus manos: el petróleo. El rey Faisal, un antepasado del príncipe Bin Salman, ya la usó en 1973 y provocó una crisis global. Son conscientes de su poder. La gran pregunta es cómo lo usarán.

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