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Venezuela

A Maduro hay que seguir acorralándolo

Por Roberto Izurieta

Nota del editor: Roberto Izurieta es director de Proyectos Latinoamericanos en la Universidad George Washington. Ha trabajado en campañas políticas en varios países de América Latina y España y ha sido asesor de los presidentes Alejandro Toledo de Perú, Vicente Fox de México y Álvaro Colom de Guatemala. Izurieta es analista de temas políticos en CNN en Español.

(CNN Español) — El día planificado para el ingreso de la ayuda humanitaria de donaciones de alimentos y medicinas  a Venezuela ocurrió sin tener el desenlace por muchos esperado: que se rompiera el cerco que rodea a Nicolás Maduro y así este ímpetu pudiera avanzar hasta Caracas, llegar hasta Miraflores y lograr el cambio que desesperadamente el pueblo de Venezuela necesita de manera urgente. Tan solo lograron que algunos militares deserten y busquen refugio en Colombia, lo cual es algo sumamente válido, aunque insuficiente.

Muchas veces, aquellos que deseamos el cambio y el progreso de Venezuela nos sentimos enflaquecidos de esperanza (o la hemos tenido demasiado alta). Sin duda, la fuerza y terquedad con la que Maduro se ha mantenido en el poder gracias a su fuerzas militares es mayor que todo lo que nos esperábamos. La denominada “avalancha humanitaria” no pudo romper las filas de los leales a Maduro sino al contrario: chocó  contra un colectivo munido de armas y gases lacrimógenos.

Esta jornada repite lo que ya parece una estrategia del régimen de Maduro: no hay tantos muertos, pero hay cientos de heridos y luego habrá miles de presos. Más que coincidencia, parece su estrategia premeditada.

No nos debe sorprender Maduro y sus fuerzas armadas, sobre todo viendo como han manejado la economía, la salud y la seguridad; cuando han sido parte o permitido tales niveles de corrupción. Maduro y sus asociados saben que no tienen muchas salidas, por eso solo se aferran al poder (como hasta ahora) y hoy se acorralan en Miraflores. Mientras sus compatriotas luchan por comida todos los días, los últimos mensajes del dictador Nicolás Maduro carecen de la mínima empatía hacía lo que está pasando su pueblo y sigue enarbolando su vieja retórica. Maduro hace el ridículo con su “Marcha por la defensa de la revolución” bailando salsa en la tarima.

Quizás en los próximos días, cómo en los últimos meses y años, se criticará a la oposición por la falta de estrategia y unidad. Yo no lo hago porque es difícil imaginar qué significa estar adentro y luchar, sin fuerzas de choque organizadas, y tan solo con tu voluntad, tu voz y tus brazos contra  fuerzas tan poderosas que están dispuestas a todo: es muy difícil combatir un régimen cuando se tiene hambre.

No, no me atrevo a criticarlos, por el contrario, solo quiero reconocer el valor de Juan Guaidó, el liderazgo de Iván Duque, la solidaridad de Sebastián Piñera y de toda América. No es para menos, pues con más de tres millones de migrantes, esto desde hace rato ya no es un problema interno de Venezuela, sino regional.

La posición clara de los EEUU es sin lugar a duda una gran ayuda en esta lucha, pero su voz es tan grande que a veces produce una distorsión que nos recuerda al pasado y no al presente que viven los venezolanos ahora, o al futuro por el cual todos luchamos. Para aquellos que mencionan la fuerza militar, habría que recordar que los ejércitos de sus vecinos Colombia y Brasil son lo suficientemente grandes y bien entrenados comparados con su contraparte venezolana. Pero por ahora estos gobiernos se han manifestado en contra de una intervención militar. Por su lado, Venezuela tiene más generales que la OTAN, pero para mi eso no es una indicación de fuerza sino otra muestra de su propia corrupción y debilidad.