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Francia

Al ver arder a Notre Dame, el mundo entero estaba sufriendo

Por Frida Ghitis

Nota del editor: Frida Ghitis, exproductora y corresponsal de CNN, es columnista de asuntos mundiales. Colabora frecuentemente con la opinión de CNN y The Washington Post y es columnista de World Politics Review. Las opiniones expresadas en este comentario pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) — La aguja que se desplomó en el incendio y las llamas que se dispararon detrás de la reconocida fachada de la catedral de Notre Dame en el corazón de París hicieron que nuestras gargantas se cerraran de angustia. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, dijo que sus pensamientos estaban con “todos los católicos y todos los franceses”, pero de hecho, parecía que todo el mundo estaba sufriendo al ver el edificio de 850 años de antigüedad convertirse en un infierno de llamas, en camino de convertirse en cenizas y piedras.

Las palabras del portavoz de Notre Dame, quien dijo que “todo está ardiendo, nada quedará del marco”, se sintieron como una puñalada en nuestra alma colectiva.

En un momento de inflamadas divisiones políticas, religiosas y sectarias, de alguna manera, un incendio en una iglesia católica, una catedral en Francia, logró derretir la animosidad, aunque solo sea por un momento, y unir a la gente en un dolor compartido. Cristiano, musulmán, hindú, judío o ateo; en Francia, India, Argentina, en todas partes, el destino de Notre Dame trajo dolor a las personas.

¿Cómo puede la desaparición de un edificio, técnicamente una estructura religiosa, tener un impacto tan poderoso?

La conflagración trajo un sentimiento de impotencia y presentimiento, que recuerda la devastación del 11 de septiembre, de alguna manera, y tal vez eso fue parte del efecto para algunas personas: el sentido, real o imaginado, que estábamos viendo una metáfora, un preludio, una advertencia.

Claro, la indignación que experimentó la mayor parte del mundo el 11 de septiembre no requirió ninguna interpretación: los terroristas habían masacrado deliberadamente a miles de personas. El dolor no fue por la pérdida de los edificios; estaba claramente justificado por la atrocidad intencional.

Lo de Notre Dame fue diferente.

La masiva y majestuosa catedral parecía que había estado allí desde siempre, y parecía que permanecería allí hasta el fin de los tiempos. Aunque solo fuera por un momento, Notre Dame en llamas nos recordó que todos compartimos este mundo, que esa historia humana representa el pasado de todos. Aunque solo sea por un momento, la noción de “Patrimonio de la Humanidad”, que la UNESCO otorga formalmente a los lugares que nosotros, como humanidad, debemos cuidar y apreciar para que podamos transmitirlos a las generaciones futuras, parecía exactamente correcta. A todos nos duele la pérdida de Notre Dame.

Los franceses sienten la pérdida más agudamente. Notre Dame, “Nuestra Señora”, era de ellos. Pero era de todos, sin importar nuestra religión o nacionalidad. Durante 800 años, Notre Dame estuvo allí, presenciando y participando en la historia. Fue bajo su gran bóveda, en 1804, que Napoleón se coronó emperador y luego coronó a su amada Josefina. A diferencia de los gobernantes anteriores, no permitió que el papa le pusiera la corona.

En esa catedral, proclamó que no necesitaba la aprobación de la Iglesia. Fue en Notre Dame que la reina de Escocia, de 15 años, se casó con el delfín francés de 14 años, Francis, en 1558. Fue Notre Dame la que inspiró a Victor Hugo a darnos a todos nosotros su inmortal jorobado de Notre Dame.

Eso es historia francesa, pero también es nuestra historia.

Notre Dame sobrevivió a las guerras mundiales I y II, solo para arder en nuestros tiempos tumultuosos. ¿Es una coincidencia? ¿Un simple accidente? Hasta el momento no sabemos qué comenzó el fuego. Es posible, y se nos dice que es probable, que el trabajo de restauración haya provocado el desastre.

Pero el dolor que sentimos al ver las llamas consumir las vigas antiguas, amenazar los rosetones místicos, destruir el irremplazable órgano de tubos, trajo a la mente las recientes tragedias provocadas por el hombre en suelo francés: el ataque de un camión en Niza, la masacre de Bataclan; no porque este haya sido otro ataque terrorista, sino porque nuestros tiempos se sienten muy cargados, como si con nuestra animosidad y divisiones estuviéramos destruyendo los cimientos de la civilización.

Francia se ha convertido en el lugar de una serie de ataques incendiarios a iglesias y de un aumento aterrador en los ataques antisemitas, incluida la profanación de sitios judíos, y de hostigamiento y asesinato de judíos.

No en vano, las divisiones no tardaron en reaparecer en torno a esta nueva tragedia; las teorías de la conspiración, los señalamientos sin evidencia. En poco tiempo, habrá un ajuste político.

Pero por un tiempo, la incendiada catedral de Notre Dame unió al mundo en un dolor compartido. Por un momento, sentimos que la historia nos pertenecía a todos, y lamentamos nuestra pérdida común.