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Guerra comercial EE.UU.-China

Guerra comercial

Donald Trump muestra por qué es sorprendentemente malo negociando acuerdos

Por Frida Ghitis

Nota del Editor: Frida Ghitis, exproductora y corresponsal de CNN, es columnista de asuntos internacionales. Colabora a menudo con CNN y The Washington Post y escribe una columna en World Politics Review. Las opiniones expresadas en este artículo son propias de la autora.

(CNN) — El presidente Donald Trump hizo alarde de sus dotes de negociador de nivel mundial para ganar la presidencia, pregonando que sus legendarias habilidades de negociación cosecharían beneficios para EE.UU. El empresario que contrató a un escritor para que redactara “The Art of the Deal” (que podría ser “El arte de negociar”) se suponía que tradujera sus hazañas del ámbito inmobiliario al gubernamental. Pero cuanto más tiempo pasa en el cargo, mejor entendemos por qué su escritor fantasma dijo que el libro era una farsa.

El miércoles, Trump hizo otra escena: un berrinche que prueba que todavía no se ha dado cuenta de que negociar como presidente es distinto a enfrentarse a constructores contratados a quienes puede acosar, intimidar y dejar con cuentas impagas. El presidente está resultando ser increíblemente malo para negociador tratos.

Trump salió como una tromba de una reunión planeada en la Casa Blanca con los líderes demócratas y dio una airada conferencia de prensa en el Jardín de las Rosas, en la que sonaba muy parecido a un niño que estrella su juguete contra la pared porque sigue perdiendo.

Se suponía que la reunión versara sobre la urgente necesidad de EE.UU. de actualizar su infraestructura. Pero, al diablo con la infraestructura, porque Trump está enfadado y dolido. Está enojado porque los demócratas siguen investigando sus esfuerzos por obstruir la justicia durante las pesquisas de Mueller sobre su campaña para las elecciones de 2016. Y está dolido porque un poco antes, ese día, la presidenta de la Cámara de Representantes dijo: “Creemos que el presidente de EE.UU. está involucrado en un encubrimiento“.

Trump, que ha intentado toda avenida posible para impedir que la información llegue a las comisiones del Congreso, declaró: “No hago encubrimientos” y anunció que les había dicho a los demócratas que dejaría de trabajar con ellos en legislaciones mientras mantuvieran sus “investigaciones falsas”.

Cabe aclarar que la Constitución dice que el Congreso tiene el poder de llevar a juicio político a un presidente, y que el informe de Mueller dejó abiertas múltiples cuestiones que una legislatura responsable tiene el deber de examinar. Contrariamente a la mentira repetida sin cesar por Trump de que Mueller lo absolvió, el informe de Mueller (léalo aquí en inglés) intencionalmente dijo que “no lo exoneró”.

Entonces, ahora EE.UU. tiene si se quiere un gobierno más disfuncional, a menos de que Trump logre recuperarse de su paroxismo de mediodía. Después de todo, su trabajo es gobernar, y hay mucho trabajo importante que no avanza si la rama ejecutiva y la legislativa no se hablan.

Trump necesita que el Congreso apruebe su rebautizado acuerdo comercial con México y Canadá (el que él dice que reemplaza al TLCAN pero que tiene solo unos pocos cambios con respecto al tratado ya existente). Necesita trabajar con el Congreso para elevar el techo de la deuda, aprobar un presupuesto y enfrentar innumerables temas importantes.

Quizás la diatriba del Jardín de las Rosas no fue tan espontánea como pareció y fue parte de un inteligente plan para empujar a los demócratas a hacerle juicio político. Quizás Trump está de acuerdo con Pelosi en que los procedimientos de juicio político podrían ayudarlo en su reelección. Pero también es muy probable que Trump, como han sugerido algunos conocedores, haya estado furioso por el comentario de encubrimiento de Pelosi. (Ella dijo también, en otro evento, que un encubrimiento podría ser una ofensa procesable).

En asuntos nacionales e internacionales, el estilo de negociación de Trump es hiperpersonal, susceptible, pobre en planificación y abrumadoramente infructuoso.

Trump es excepcionalmente susceptible a los desafíos de las mujeres fuertes. Si bien bombardea a muchas personas con insultos, las lideresas poderosas parecen resultarle particularmente irritantes. Ha arremetido con visible veneno contra Angela Merkel, Elizabeth Warren, Maxine Waters y muchas otras.

No parece poder ir más allá de su aversión por Hillary Clinton o de Pelosi, que tiene una asombrosa habilidad para irritarlo. Después de que él anunciara la interrupción de las charlas con los demócratas, Pelosi repasó la decisión de Trump de abandonar la reunión sobre infraestructura. “Por alguna razón, quizás fue falta de confianza por su parte”, reflexionó punzante, “que realmente él no podía… estar a la altura del desafío”.

Luego agregó, “rezo por el presidente y rezo por EE.UU.”, telegrafiando con calma una sensación de alarma.

No queda claro exactamente qué esperaba Trump que hicieran los demócratas. ¿Pensó que gritarían excitados “tío” y cancelarían las citaciones de solicitud de documentos y de personal que la Casa Blanca lucha por mantener fuera de la vista pública?

El momento tuvo ecos del cierre parcial del gobierno federal que comenzó a fines del año pasado y que se convirtió en el más largo de la historia de EE.UU. Trump había hecho un acuerdo para mantener abierto el ejecutivo, pero cuando vio que los presentadores de Fox News se burlaban de él en televisión, anunció abruptamente que cerraría el gobierno a menos que los demócratas financiaran su muro fronterizo. Los demócratas se rehusaron y millones de trabajadores gubernamentales se quedaron sin salario por semanas.

Cuando se reunió con Pelosi y el líder por la minoría en el Senado, Chuck Schumer, a mitad de la crisis para buscar una solución, salió enfurecido de la reunión. El cierre siguió durante varias semanas más.

Al final, Trump cedió, sin haber logrado nada. El país sufrió innecesariamente.

Las amenazas y el acoso parecen funcionar solo contra los débiles. Los berrinches y las respuestas apresuradas generan titulares y perjudican quizás a los espectadores, pero no reemplazan una política razonable.

Años atrás, Trump le dijo a la audiencia que tenía un plan para revertir el déficit comercial con China. Le iba a decir a China: “Me oyen malditos, les pondremos un impuesto del 25 por ciento”. Con eso se solucionaba todo.

Dejemos de lado el hecho de que los estadounidenses son quienes pagan sus aranceles, algo que él todavía no comprende. Su plan aparentemente requería que los chinos se estremecieran y capitularan de inmediato. Hasta el momento, no ha funcionado así.

El gran negociador hasta ahora no ha avanzado para lograr nuevos acuerdos con Corea del Norte, China, Venezuela ni Irán. No pudo negociar la derogación de Obamacare, aun cuando los republicanos controlaban ambas cámaras del Congreso.

Todavía no ha conseguido que el Congreso apruebe financiación para su muro fronterizo y, ciertamente, no está a punto de convencer a los demócratas que dejen de investigar sus intentos de sabotear la investigación de los contactos entre funcionarios de su campaña y los rusos, que dejen de buscar qué esconde con tanta determinación en sus declaraciones de impuestos, ni que no revisen las múltiples instancias de conductas preocupantes de él y de su gobierno. El único elemento que ya no se requiere seguir investigando es la pericia de Trump para hacer tratos. El Hombre que afirma haber dominado el arte de los tratos es un terrible negociador.

(Traducción de Mariana Campos)