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Donald Trump

Donald Trump

En el G20 Trump verá fracaso por todos lados

Por Nic Robertson

Osaka, Japón (CNN) — La cumbre del G20 de este fin de semana en Japón será tan divertida para el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, como bañarse con estropajo. Incluso un hombre que disfruta tanto la confrontación como Trump no puede estar demasiado emocionado por el fracaso que le espera en Osaka.

Y él realmente está condenado al fracaso en todo tipo de áreas. Odia el ADN supranacional del G20 y ellos aborrecen su retórica divisora de Estados Unidos Primero.

La dura experiencia de dos días que será la cumbre para el presidente empeorará porque necesita la ayuda de sus compañeros líderes en su último enfrentamiento con Irán.

Casi llegó a la guerra la semana pasada. Después de que Irán derribó un dron de EE.UU., Trump estaba listo para contraatacar con un ataque en represalia, y lo suspendió solo 10 minutos antes de su lanzamiento.

Pero después de haber pasado gran parte de su presidencia provocando a muchos de sus colegas líderes mundiales, Trump puede esperar poca simpatía.

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Trump quiere aplastar la economía de Irán, cortar sus suministros de petróleo al mundo y proteger los barcos de todos los demás en el Estrecho de Ormuz, pero parece que no sabe a dónde ir desde ahí.

En teoría, no hay mejor lugar que un G20 para obtener apoyo para una idea. Es un lugar donde el presidente de Estados Unidos tiene otros líderes que prácticamente se tropiezan entre sí para lograr una reunión. Y Trump tendrá muchas reuniones.

La más esperada de estas es con el presidente de China, Xi Jinping. Sobre esto, el mundo aguanta la respiración. ¿Evitarán que su guerra comercial se vuelva a la recesión mundial? Hay rumores de que tendrán una reunión de ideas como en el último G20 y, al menos por ahora, se resistirán a escalar su confrontación comercial.

Es mucho menos probable que Trump obtenga la tracción de China sobre Irán, en parte debido a su dependencia de Irán para el petróleo.

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Los problemas de Trump en Irán no se acaban con China. Se reunirá con Vladimir Putin de Rusia, cuyo ministro de Asuntos Exteriores ha acusado a Trump de “chantajear” a Irán.

La reunión con Putin permanece envuelta en el misterio. “Lo que le diga no es asunto suyo”, dijo Trump a los reporteros en camino a Osaka. Es probable que no le vaya bien si sigue presionando a Irán: Putin es uno de sus mayores partidarios. Y hay pocas cosas que Putin quiera más que debilitar el control de Estados Unidos en el Medio Oriente y fortalecer el suyo propio.

Trump también se reunirá con el debilitado presidente populista de Turquía, Recep Tayyip Erdogan. La idea de que puede romper la relación estable del hombre fuerte turco con Irán también parece una posibilidad remota.

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Luego está su encuentro bilateral con Angela Merkel, la canciller alemana. Ella ha marchado a paso seguro con Reino Unido y Francia en cuanto a Irán, criticando la retirada unilateral de Trump del acuerdo nuclear multinacional.

Ni el presidente francés Macron ni la líder británica saliente Theresa May esperan largas reuniones con Trump en Osaka. Ambos países han criticado sus tácticas de colisión con Irán, que los han presionado para ayudar financieramente a Teherán para salvar el pacto nuclear.

Los funcionarios franceses dicen que no ven “señal alguna de que Estados Unidos esté interesado en dialogar” con Irán y, aunque se consideran “buenos aliados” de Estados Unidos, no seguirán “automáticamente” a Washington en lo que haga sobre Irán.

De hecho, el mayor problema de Trump es convencer a los líderes de que él sabe lo que quiere obtener de su escalada con Irán.

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El presidente de Irán, Rouhani, no por primera vez, cuestionó la cordura de Trump esta semana, sugiriendo que “la Casa Blanca sufre de discapacidad mental“.

Trump tendrá al menos una reunión menos complicada que esperar, cuando desayune el último día con el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed Bin Salman.

Bin Salman quiere que Irán sea contenido. Pero nadie puede imaginar cómo los dos convierten sus pasiones antiiraníes en algo cercano a una acción en el Golfo. Sin duda el costo de ello figurará en sus cálculos.

El único líder que podría ayudar a Trump, a un costo, es el anfitrión, el inteligente primer ministro, Shinzo Abe, el líder mundial con el que Trump se ha reunido más que con ningún otro.

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Él es el tipo que comió hamburguesas, jugó golf y firmó gorras de béisbol con Trump durante un mini ‘bromance’ (romance de amigos) en Tokio a fines de 2017. Unos días después, se mostró molesto por el rechazo de Trump de la Asociación Transpacífico de 12 naciones y la lanzó con los 11 restantes.

Al igual que China, Abe también compra petróleo iraní. En virtud del lugar desafortunado de su país en la historia, él es más entusiasta que la mayoría para asegurarse de que los líderes teocráticos de Irán nunca tengan en sus manos las armas nucleares.

Fue a Teherán la semana anterior y se reunió con Rouhani y el Líder Supremo Ayatollah Ali Khamenei. Pero justo cuando intentaba frenar las tensiones con Estados Unidos, dos petroleros, uno de ellos de propiedad japonesa, fueron atacados en el Estrecho.

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Los mulás de Irán enfrentan una amenaza existencial para su teocracia por parte del desplome de la economía y necesitan alivio económico. Si Abe puede darles un atisbo de esperanza en esto, tendrá un costo que hasta ahora se han negado a pagar: los ajustes que Trump exige en el acuerdo nuclear de Irán.

La paradoja a la que Trump se enfrenta es que si se ve obligado a hacerlo solo y continúa aumentando las tensiones con Irán, corre el riesgo de provocar una guerra y romper una promesa de campaña al enviar más tropas a Medio Oriente.

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Incluso antes de aterrizar en Osaka, Trump parecía estar retrocediendo sobre el tema de Irán, tal vez desconfiando de su ya cáustica recepción en el G20. Está volviendo al modelo: después de haber exigido un cambio, luego de haber construido expectativas de guerra, ahora declara una especie de victoria. Tanto como lo hizo en el pasado con el dictador norcoreano, Kim Jong Un.