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Reino Unido

Lo que Enrique y Meghan podrían enseñarle a Canadá

Por Andrew Cohen

Nota del editor: Andrew Cohen es columnista de Postmedia News, radicado en Toronto. Su libro más reciente es: “Two Days in June: John F. Kennedy and the 48 Hours that Made History” (Signal/Random House). Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor.

OTTAWA (CNN) – Azotados por los tabloides, aislados de la familia y agotados por la responsabilidad real, Enrique y Meghan han venido a Canadá para empezar una nueva vida. Buscan privacidad, seguridad y, quizás, una nueva identidad.

En estas grandes y vacías extensiones, probablemente lo encontrarán. La mayoría de los canadienses se sienten cómodos respetando el anonimato a quienes lo desean, comenzando por sí mismos, un pueblo exitoso pero modesto, del que se dice que esconde su propia luz.

Cuando la pareja real anunció sus planes de elegir Canadá, los canadienses reaccionaron en gran medida con su característica moderación. Se rumoraba desde hacía tiempo que la pareja prefería el lugar donde había vacacionado en Navidad (Isla de Vancouver) y donde Meghan vivió cuando era actriz (Toronto).

A juzgar por las redes sociales y los medios tradicionales, los canadienses recibieron a la pareja con los brazos abiertos. En un país de 37 millones que admite de 300.000 a 400.000 inmigrantes y refugiados al año (una de las fronteras más abiertas del mundo), ¿por qué preocuparse por dos más?

Algunos se entusiasmaron, como la novelista de Toronto Anne T. Donahue, quien escribió que se sentía bien de que los miembros de la realeza eligieran Canadá en busca de “un final feliz” para su “cuento de hadas”.

El primer ministro Justin Trudeau dijo: “Están entre amigos y siempre son bienvenidos aquí”. Tim Horton, la icónica y sosa cadena de cafés, con humor le ofreció a la pareja café gratuito de por vida.

Pero cuando el New York Times tuiteó que Enrique y Meghan traerían “un poco de atractivo al extenso y gélido país”, los canadienses reaccionaron con frialdad.

Dijeron que la declaración era condescendiente, un estereotipo que los canadienses soportan desde hace tiempo. Una cosa es que los canadienses se resten importancia a sí mismos, pero otra que los estadounidenses nos digan que necesitamos que la realeza nos pase su encanto.

Hay cierto debate sobre temas más importantes, como quién debería pagar la seguridad de la pareja. Si el pago de la seguridad recae sobre los contribuyentes canadienses, toda la buena predisposición podría esfumarse. Si bien adoptamos el seguro de salud universal y los beneficios sociales, sabemos ser tacaños. Nuestras contribuciones anuales a la asistencia para el desarrollo internacional, por ejemplo, están muy por debajo del de otras naciones desarrolladas. Tratándose de una de las naciones más ricas, es vergonzoso.

Asimismo, algunos piensan que los miembros de la realeza en su nuevo rol, no deberían venir a Canadá. “The Globe and Mail”, un periódico nacional, declaró que Trudeau debería “señalarle a la reina, inequívocamente, que no puede dejar que se mude un príncipe a Canadá. Vulnera la tradición, y no concuerda con la manera en que funciona la monarquía en Canadá en el 2020”.

El artículo argumenta que la monarquía perdura en Canadá desde que se convirtió en un país en 1867 porque es virtualmente invisible. De hecho, Isabel II es reina de Canadá, una monarquía constitucional con un sistema parlamentario, si bien no ha pasado casi ningún tiempo aquí. Enrique cambia las cosas, incluso en su limitado papel como miembro de la realeza, y eso podría alterar el equilibrio.

Veámoslo de otro modo: si la presencia de Enrique fuerza a los canadienses a tener un muy necesario debate sobre la monarquía al que se han negado, maravilloso. Y si lleva a Canadá, como democracia progresista, a liberarse de este anacronismo, brillante.

La indiferencia en torno a los planes de la pareja real refleja cómo los canadienses ven la monarquía: con una mezcla de desapego, reserva e indiferencia.

Con 153 años, Canadá tiene todavía un complejo neocolonial. No fue sino hasta la segunda mitad del siglo XX que Canadá estableció su propia ciudadanía (ya no súbditos británicos), su propio himno nacional (no “God Save the Queen”), su propia bandera nacional (no la de Gran Bretaña) y su propia Corte Suprema (no el Consejo Privado en Londres).

Aún más importante, le llevó a Canadá hasta 1982 traer su constitución fundacional de Westminster, para poder enmendarla sin la aprobación británica.

Es hora de dar el paso final en pos de una nacionalidad completa y de disolver nuestros lazos con la Madre Inglaterra. Enrique y Meghan decidieron separarse de la corona; es hora de que lo hagamos nosotros también.

Traducción de Mariana Campos