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Donald Trump

Donald Trump

OPINIÓN | Un error mortal

Por Roberto Izurieta

Nota del editor: Roberto Izurieta es director de Proyectos Latinoamericanos en la Universidad George Washington. Ha trabajado en campañas políticas en varios países de América Latina y España, y fue asesor de los presidentes Alejandro Toledo de PerúVicente Fox de México y Álvaro Colom de Guatemala. Izurieta también es colaborador de CNN en Español. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor. Ver más opiniones en cnne.com/opinion 

(CNN Español) — Hay muchos errores que se cometen en la vida. Algunos por descuido, unos veniales, otros no tienen mayores consecuencias, otros son graves y otros nos duelen mucho y por mucho tiempo. Pero de todos los errores, los peores son los mortales. Y de los mortales, los peores no son los que nos cuestan nuestra propia vida sino los que cuestan la vida de otros.

En política, los errores más comunes son los de corrupción y por eso los calificamos de actos penales. Cuestan mucho a los países y a sus ciudadanos, y nos producen hasta rabia. A muchos les sorprende siempre cuando digo que hay errores aún más graves que la corrupción en la política: sí, hay muchos errores de gestión que pueden costar mucho más que los actos de corrupción. Los hechos de corrupción los dejo al sistema de justicia (y prefiero dejárselos solo a ellos), los errores de gestión… esos nos competen a todos.

El presidente Donald Trump ha cometido graves errores. A mí, como latino, me dolió y me costará perdonarle cómo se refirió desde el inicio de su campaña electoral a nuestros hermanos mexicanos: «Cuando México nos manda gente, no nos manda a los mejores. Nos manda gente con un montón de problemas, que nos trae drogas, crimen, violadores…».

Si lo hubiera dicho una vez…; como muchos errores, pueden ser perdonados porque puede haber sido un desliz, un error venial, se pide disculpas y se cambia la página. Pero esas frases se siguieron repitiendo de una forma u otra durante toda su campaña y durante su gobierno… una y otra vez. La idea absurda de construir un muro de costa a costa por toda la frontera, y decir que lo pagaría México, fue la cereza en el pastel de estos insultos sistemáticos, pues con eso Donald Trump se develó para mí como un clásico político demagogo, de aquellos que conocemos muy bien en nuestros países. Donald Trump utilizó a los inmigrantes indocumentados de manera sistemática para crear miedo, porque -lastimosamente- el miedo es la emoción más fuerte que motiva el voto. Y no para que voten por uno, por los méritos de uno, sino por el miedo a este supuesto enemigo —creado o recreado— que nos pueda invadir.

Lo grave es que la única invasión real que se dio en territorio estadounidense fue la del covid-19. Dicho por el mismo Donald Trump -y grabado con su autorización- dijo que a principios de febrero ya sabía que esta era una amenaza grave, pero días después tuvo el descaro de decirle al público lo contrario. El argumento que muchos usan para tratar de explicar semejante engaño o delito (que lo vea la justicia en su momento), es que no quería perder la reelección o que no quería afectar el mercado de valores, al cual le presta más atención que a los números de contagiados diarios por el virus. Esas motivaciones, que pienso pueden ser reales, las dejo para el análisis político. Pero quiero tomar solo una que el propio Trump describe en las mismas grabaciones con el periodista Bob Woodward: «no quería causar pánico… no podíamos parecer débiles».

Todos estamos de acuerdo en la necesidad de no provocar pánico. El mismo Trump compara su acción con la de Winston Churchill. Por supuesto, Churchill nunca quiso que cundiera el pánico, pero jamás subestimó la amenaza real que significaba Adolf Hitler. Churchill convocó a todas las fuerzas civilizadas del mundo, las unificó, las motivó a trabajar juntas; se prepararon, lucharon, nacieron nuestros héroes y ganamos la Segunda Guerra Mundial. Por el contrario, Trump subestimó la amenaza de esta pandemia y le mintió a los ciudadanos estadounidenses, mientras decía que el virus estaba solo en China o que pasaría con el verano. Esa es la gran diferencia; diferencia que debió haber visto y que pudo haber salvado vidas.

Negar una amenaza no la elimina. Por el contrario, nos hace perder tiempo y vidas. Lo he dicho públicamente en un sinnúmero de ocasiones y no tengo problema en ponerlo por escrito: nunca culparé a Donald Trump por el virus (como tampoco lo haré con ninguna otra nación o líder). Responsabilizo a Trump por no haber actuado a tiempo y el tiempo de actuar decididamente era, por lo que aparece en esta declaración, a finales de enero. Responsabilizo a Trump por no haber unificado al país en esta lucha como lo hizo Uruguay, por ejemplo, que ha demostrado ser de las naciones que ha afrontado esta amenaza con mayor eficacia.

Donald Trump dice en esa misma entrevista que no podíamos proyectarnos como débiles. Además de un problema de vanidad, a Trump siempre le gusta proyectarse como el más fuerte y agresivo. Como dijo en su momento su esposa, “Así como ya saben…, cuando tú lo atacas, él devolverá el ataque 10 veces más fuerte”.

La respuesta de Donald Trump de que no podíamos parecer débiles ahora explica, y para mí grafica, la razón por la cual rechazaba el uso de las máscaras. Donald Trump sabe lo básico de comunicación como para reconocer que cuando dices una cosa y haces otra, lo más importante es lo que haces. Trump no usó las máscaras (excepto cuando fue a un hospital y a una planta automotriz).

Si hubiéramos usado máscaras desde febrero, inclusive marzo, si Estados Unidos se hubiera preparado para un testeo masivo desde enero que nos permitiera monitorear el trayecto y la fuerza del virus, si hubiéramos establecido un plan de preparación nacional de insumos de salud pública, si hubiéramos dejado la política y la campaña a un lado… habríamos salvado muchas vidas, evitado mucho dolor y una crisis económica tan brutal. Esa responsabilidad se la asigno a Donald Trump: con mi voto lo haré responsable.