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OPINIÓN | 2020 fue una primavera espiritual de fragilidad, reencuentro y solidaridad

Por David Bittan

Nota del editor: David Bittan Obadia es abogado, escritor, analista de temas políticos e internacionales, columnista en el diario El Universal de Venezuela y colaborador en otros medios de comunicación. Como conferencista, participó en el Congreso Judío Mundial y fue presidente de la comunidad judía de Venezuela. Su cuenta de Twitter es @davidbittano. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor. Puedes leer más artículos como este en cnne.com/opinión.

(CNN Español) — Existen distintas maneras de ver la vida y apreciar 2020. Hacerlo solo en su aspecto negativo y en modo pesimista sería injusto con nosotros mismos.

Hay que crecer y tomar la lección de las dificultades, depurando sobre todo la reflexión de estos meses de encierro.

Si tuviera que poner un título en mi diario para este año que está terminando lo titularía tal vez “Incertidumbre». Sus páginas estarían repletas de historias de solidaridad, de reencuentros y del redescubrimiento de la sensibilidad y la fragilidad que hay entre los seres humanos.

Definitivamente han quedado al descubierto las grandes deficiencias por las que atraviesa, por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud, pero criticándola y aislándola no se logrará un objetivo. Por el contrario, hay que tener cada vez más control sobre ella e invertir en programas que puedan prevenir pandemias y que den mejores respuestas cuando se necesiten.

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Debemos estar conscientes de que las grandes mentes, los científicos y el personal médico, deben ser cada vez mejor considerados y remunerados pues han sido los grandes héroes de estos tiempos.

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Los medios de comunicación, por su parte, han jugado un rol fundamental. No solo en la transmisión de información, sino también haciéndole la vida más fácil a quienes se encontraban confinados al entretenerlos.

Para los que creemos en un mundo globalizado y de alta movilidad, nos queda claro que debemos promover el control uniforme y riguroso de quienes quieren participar de esa globalización. Por ejemplo, estándares sanitarios -como la vacuna o las pruebas de covid-19- o relaciones comerciales solo entre países que cumplan tratados ambientales y que respeten los derechos humanos.

Hay algo que ha dejado por cierto esta pandemia: se aleja la posibilidad de que las bombas atómicas acaben con el mundo. Hay más probabilidades de que una catástrofe sea causada por un patógeno ubicuo de alta transmisibilidad y letalidad. Por ello hay que invertir más en ciencia que en armamento.

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La pandemia desató grandes cambios en nuestra manera de vivir; amplió nuestro tiempo en la vida familiar, estimulando un masivo sistema de trabajo y de estudio a distancia. Obviamente nos sembró miedo e incertidumbre. Se llevó por delante a muchos seres queridos y arruinó a millones, pero dejó esperanza y un subliminal “sí se puede”.

Esta “primavera espiritual” revalorizó la idea de que somos dependientes unos de otros. Nos dio también la posibilidad de calificar a los políticos para saber cuán perjudicial puede ser la ineptitud. También desnudó a quienes se beneficiaron del tema.

No podemos terminar un año de manera pesimista cuando ya contamos con una vacuna. Valoremos los grandes sacrificios y la solidaridad de la mayoría. Promovamos, por ende, mejores momentos.

«No pienso en la miseria sino en la belleza que aún permanece» – Ana Frank