No es fácil ser la primera dama

Por Carl Sferrazza Anthony

En "Los Obama", el nuevo libro que suscita un gran revuelo por sus especulaciones sobre el alcance de la influencia política de la primera dama, la autora Jodi Kantor cuenta una anécdota: Una joven estudiante le dice a Michelle Obama que espera algún día convertirse en esposa de un presidente. “No pagan bien”, comenta ingeniosa y agudamente la señora Obama.

La verdad, la paga es el menor de los inconvenientes de ser una primera dama. El puesto, que no es elegido, no tiene responsabilidades y tampoco es oficial, ha sido un desafío para los cónyuges presidenciales desde hace más de dos siglos.

He pasado años investigando y entrevistando a las primeras damas, pero fue Hillary Clinton quien mejor describió la realidad esencial de lo que significa ser primera dama: "Quien realmente soy como persona es, en última instancia, menos importante para la gente que lo que quieren que represente como persona".

Esto fue tan real para la defensora de la reforma a la salud mental, Rosalynn Carter (esposa de Jimmy Carter), en la década de 1970, como para la feliz anfitriona, Julia Grant (esposa de Ulysses S. Grant ) un siglo atrás.

Con esto, Michelle Obama expresó su frustración el otro día, porque parece, dijo, que ha sido representada como "una especie de mujer negra enfadada".

Hay algo de verdad en la observación de la señora Obama; por su estatus histórico como la primera mujer afroamericana en ser primera dama, ha sido objeto de este injusto estereotipo y de muy mal trato.

Pero concebir a la primera dama como "el otro"—es decir, fuera del concepto del anglosajón como alguien aceptablemente "estadounidense"— tiene una larga historia. Casi un siglo atrás, cuando la prensa informó ampliamente que Edith Wilson (esposa de Woodrow Wilson) era de la "familia Red Bolling (con ascendencia india)", como la hija de la tataranieta de la tataranieta de la princesa Pocahontas, hasta los periodistas serios ignoraron el hecho de que esto quería decir que solo uno de sus 512 ancestros de nueve generaciones era nativa americana. Por el contrario, llevó a que muchas personas le enviaran artículos de nativos americanos, como un cinturón de cuentas y a escribir a funcionarios de gobierno la advertencia de que era ilegal que la primera dama tomar alcohol.

Todavía en las elecciones de 1960, cuando el catolicismo del candidato presidencial demócrata John F. Kennedy finalmente se abrió paso entre el histórico sentimiento antipapista de la nación, el equipo de campaña de su oponente, Richard Nixon, minimizó los antecedentes étnicos y religiosos de su esposa. No sólo era Pat Nixon la hija de una madre alemana inmigrante, sino también de un padre católico irlandés.

El equipo de campaña de Kennedy pudo no haber sido capaz de ocultar que Jacqueline Kennedy también era católica, pero al menos su apellido de soltera "Bouvier" ofreció una legítima tapadera exótica de sus antecedentes: ella solo tenía un bisabuelo francés por parte del padre y su madre "Lee de Virgina (con ascendencia británica)" no era del famoso clan de sangre azul, sino que había vivido durante algún tiempo en la Old Dominion, en un semestre de la universidad y que era tan irlandesa como los Kennedy.

¿Mamie Eisenhower? A pesar de su ampliamente distribuida receta de galletas suecas de Navidad, nunca reconoció a sus abuelos como inmigrantes de Suecia.

En otros momentos, los juicios de la sociedad sobre las primeras damas fungieron bien como indirectos ataques partidistas a sus maridos. En un tiempo remoto, la mundana y abolicionista Mary Lincoln, del acaudalado clan Kentucky Todd,habría sido idealizada como una belleza anfitriona del Sur. Pero casada con el presidente de la Unión durante la Guerra Civil, fue maliciosamente caricaturizada como una racista que le era secretamente fiel a la Confederación.

Y William McKinley, al percatarse de que la divulgación de la epilepsia de su esposa Ida la habría catalogado bajo la etiqueta de "locura", evitó la ignorante presunción al afirmar que ella era una "minusválida", tal y como lo demuestra su uso de una silla de ruedas o de un bastón.

Las editoriales de campaña de 1928 deshonrando a Rachel Jackson como moralmente no apta, debido a que su primer matrimonio terminó en divorcio, fueron fundamentales para los ataques dirigidos al carácter de su marido, Andrew Jackson.

Casi 100 años después, tal forma de juzgar todavía era tan fuertemente temida por su responsabilidad política que, Florence Harding, abiertamente mintió a la prensa con su afirmación de haber enviudado, y no divorciado, de su primer marido. No obstante, en 1976, el primer matrimonio de Betty Ford, el cual terminó en divorcio, no fue problema, como ​​tampoco lo fue el previo divorcio del candidato presidencial Ronald Reagan.

A medida que el tiempo avanza y la vida y la demografía estadounidense evolucionan, también lo harán las percepciones sobre las mujeres en la Casa Blanca. Sin embargo, comentarios hirientes o muestras detestables de racismo dirigidos a la actual primera dama puede hacer sentir a los estadounidenses de diferentes orígenes tan avergonzados como para obligar a un punto de inflexión en la historia. Uno puede esperar que esto finalmente ayude a reducir la retórica de las futuras generaciones sobre los cónyuges presidenciales basados en sus orígenes, su aspecto, e incluso su sexo.

*Nota del editor: Carl Sferrazza Anthony es escritor e historiador de los papeles políticos y sociales desempeñados por las primeras damas.