Tuxla Gutiérrez, México (CNNEspañol) — Cien mil almas.

Casados, divorciados, madres solteras, hijos discapacitados. Enfermos. Pobres, muchos pobres. Indígenas, "letrados", peregrinos... de aquí y de allá. Una verdadera mezcla de razas y culturas se congregó este lunes en el estadio Víctor Manuel Reyna, de Tuxtla Gutiérrez, hasta convertirlo en una verdadera fortaleza humana.

Todos hablaban el mismo lenguaje: el lenguaje de la familia.

En la Chiapas "rebelde" del ejército zapatista, en la Chiapas de las culturas mesoamericanas de la época precolombina, en la Chiapas indiferente y de la estampida católica, el papa Francisco tocó las fibras de todos y cada uno de los abuelos, padres, hijos, hermanos, familiares, que colmaron el escenario hasta las banderas e hizo brotar lágrimas de emoción con un discurso lleno de vida y pasión.

“Qué marido y qué mujer no se pelean y más cuando se mete la suegra, qué importa, pero se aman y nos han demostrado que se aman y son capaces por el amor que se tienen de ponerse de rodillas delante de su hijo enfermo”, dijo en referencia al testimonio de Manuel, un jovencito de 14 años con distrofia muscular, quien contó que en su casa sus padres se peleaban constantemente antes de acercarse a Dios.

“El amor no es fácil, pero es lo más lindo que un hombre y una mujer se pueden dar entre sí, el verdadero amor, para toda la vida”, dijo un papa enternecido y conmovido por los testimonios de cuatro familias fuera de lo común. "Es conveniente que de vez en cuando discutan y que vuele algún plato, está bien. No le tengan miedo".

Francisco habló del amor y el perdón. “Porque en la familia, para llegar a lo que ellos llegaron —explicó aludiendo a Aniceto y su esposa, casados por más de 50 años—, con el rostro arrugado por las luchas de todos los días, hay que tener paciencia, amor…hay que saber perdonarse”.

“Prefiero familias arrugadas con heridas, con cicatrices, pero que siguen andando, porque esas heridas, esas cicatrices, esas arrugas son fruto de la fidelidad, de un amor que no siempre fue fácil”, agregó visiblemente emocionado.

Cada palabra, cada frase hacía palpitar los corazones. Afuera del estadio y en el centro de la ciudad otro mundo de familias suspiraban por verlo de cerca. Estudiantes, voluntarios, vendedores, novios, embarazadas, niños. Periodistas, enfermeros, farmaceutas, transeúntes... Feligreses, ateos. Una familia diversa que coincidió o quiso coincidir con el paso de Francisco.

“Hacía 25 años que no venía un papa a Tuxtla. Es un gran acontecimiento para los católicos y no me lo quería perder”, dijo Roberto Méndez Hernández, sentado con su madre, esposa e hijas sobre un andén de la Calle Central. Fue el 11 de mayo de 1990, cuando Juan Pablo II pisó tierra chiapaneca. Su visita pastoral marcó huella.

A pesar del sol inclemente que elevaba la temperatura hasta casi 30 grados, nadie desvanecía. “Estamos sintiendo mucho calor, pero lo importante es el calor que nos trae el papa”, dijo Elvia Trinidad Estrada, quien viajó desde Ocozocoautla para verlo “aunque sea un segundito… Con eso nos damos por bien servidas”.

Mientras esperaban, fueron escuchando uno a uno los testimonios de las familias y el mensaje del papa. Muchos se sintieron identificados y no pudieron contener su emoción: “Hay que echarle ganas, hay que echarle ganas”, empezaron a corear, luego de que Francisco repitió varias veces la frase de Manuel: “Comenzaste a echarle ganas a la vida, echarle ganas a tu familia, echar ganas entre tus amigos; y nos has echado ganas a nosotros aquí reunidos”, le dijo al chico en su discurso de agradecimiento.

El papa pidió seguir apostándole a la familia, con sueños, para construir una vida que tenga sabor a hogar. “¿Le echamos ganas? Así me gusta, gracias”, dijo cuando la multitud aclamó ¡Síiii!

Jennire Ríos le echa muchas ganas. Llevaba varios años peleando con una enfermedad y reconoce que su fe la ha levantado. Peleó con Dios, con su familia y consigo misma. Pero insiste en que gracias a su fe se reconcilió y está viva. “Tenía los días contados y hace dos años que vivo de regalo”.

Esta psicóloga panameña que reside en Tabasco hace 15 años dice que en un segundo se puede perder la vida o quedar lisiado. Ver al papa cinco segundos es, para ella, toda una vida. Por eso quería asistir al encuentro con las familias.

Aracely Cáceres y Yamile Leal también le echaron ganas. Juntas recorrieron 12 horas en bus desde Mérida para poder escuchar al papá de la familia católica universal. “Ojalá mire hacia donde estamos y nos envíe una bendición para cargarnos con su energía positiva y poder trasmitirla a nuestras propias familias”.

Los mexicanos corren con ventaja, dijo el papa, porque tienen a la Guadalupana: “Ella es madre y está siempre dispuesta a defender nuestra familia…nuestro futuro, está siempre dispuesta a echarle ganas dándonos a su hijo”.

Eunice, Blanca, Tere y Charito ahora se sienten más que las mejores amigas de Tuxtla. “Somos familia”, dicen. Juntas se emocionaron y se contagiaron de la paz y el amor de Francisco. Se sentían orgullosas de que hubiera venido a tierras chiapanecas y no veían la hora de conocerlo, aunque fuera a cinco metros de distancia.

“Vamos a fortalecer nuestra fe”, dijo Tere, mientras Charito admitía que en silencio pidió “muchas bendiciones para esta ciudad tuxtleca, para los hermanos indígenas y para la gente pobre”.

Comenzar y recomenzar. Ese fue el gran mensaje del papa Francisco en Tuxtla Gutiérrez al llamar a la renovación diaria del amor y el matrimonio. Lo dijo dulcemente, como papa y como padre: “Prefiero una familia que una y otra vez intenta volver a empezar, a una familia y sociedad narcisista y obsesionada por el lujo y el confort… Prefiero una familia con rostro cansado por la entrega a una familia con rostros maquillados que no han sabido de ternura y compasión”.

No importa discutir, según el papa. A su juicio, a veces resulta conveniente y lo importante es “no terminar el día sin hacer las paces”.

Francisco cerró la fiesta familiar con una gran bendición a todos los presentes e invitando a los casados a renovar sus promesas matrimoniales , y a los que están de novios a “pedir la gracia de una familia fiel y llena de amor”.

De las cien mil almas que acudieron al estadio Víctor Manuel Reyna, al papa le interesaban las cien mil.

Prefiero familias arrugadas con heridas, con cicatrices, pero que siguen andando, porque esas heridas, esas cicatrices, esas arrugas son fruto de la fidelidad, de un amor que no siempre fue fácil

Papa Francisco