Llanto. Así reaccionaron muchos de los que apoyaron el Sí en el plebiscito en Colombia (GUILLERMO LEGARIA/AFP/Getty Images)

Nota del editor: Camilo Egaña es el conductor de Camilo. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor.

La victoria del "no" en Colombia ha sido lo más parecido a un tsunami.

El "no" se impuso por un estrecho margen, y con un nivel de abstención que da grima: más del 60%.

Más claro, que más de veinte millones de colombianos ni siquiera se asomaron a las urnas. Solo 13 millones ejercieron el voto, según datos oficiales. Y estaban habilitados para hacerlo casi 35 millones de colombianos.

Por tanto, ha sido, además, la victoria del hastío y la falta de confianza del votante en los líderes y las instituciones. Las lluvias bíblicas que azotaron al Caribe colombiano hicieron su parte. Pero nada como la apatía cuando echa raíces.

Me desasosiega lo que pasó y me inquieta lo que va a pasar. Admito que la noticia me dejó de piedra, como lo del Breixit en el Reino Unido.

Quiero decir que sentí el mismo ramalazo, la misma incertidumbre y hasta el mismo tufo fétido del miedo.

El presidente Juan Manuel Santos dice que no se rendirá. Y 'Timochenko', el máximo líder de las FARC, promete ‘’usar solamente la palabra como arma de construcción hacia el futuro". El líder de la oposición, el expresidente y senador Álvaro Uribe se declara dispuesto a abrir “un gran pacto nacional".

Las grandes palabras, las grandes promesas.

¿Significa el triunfo del ‘no’ al acuerdo un no también a la paz? Me niego a creerlo porque entonces estaríamos ante un caso extraordinario de sadomasoquismo nacional.

¿Entonces qué? Tal vez que el "no" representa para muchos, lo más cercano a "un triunfo de la justicia", que está por verse. O un voto de castigo a lo que otros consideran la soberbia oficialista, que daba por hecho la victoria del ‘sí’. ¿Habrá sido la victoria del populismo ramplón que hace del miedo su bandera?

O quién sabe, tal vez se trate de algo más fácil de decir y muy difícil de concretar: que Colombia quiere la paz, pero no ha definido cómo conseguirla y garantizarla. Ojalá que fuere eso, y solo eso —que ya es demasiado—, porque a esta hora la única batalla posible debe ser la de la paz.

Cuando la historia de Macondo y los Buendía no dio para más, Gabriel García Márquez dejó dicho que ‘’las estirpes condenadas a cien años de soledad ‘’ no tienen ‘’ una segunda oportunidad sobre la tierra’’. Era una advertencia terrible y lo sigue siendo. La verdad es que sería hermosísimo y necesario que Colombia rompiera el maleficio de una vez y por todas.

¿Entonces qué? Tal vez que el "no" representa para muchos, lo más cercano a "un triunfo de la justicia", que está por verse.

Camilo Egaña