(CNN Español) - Alex Sánchez es el director de la ONG Homies Unidos, una organización social en Los Ángeles que ayuda a reinsertar expandilleros y a sus familias a la comunidad.

Los programas en los que participan los jóvenes que llegan allí son aprobados por Sánchez, ya que por su experiencia sabe si tendrán efecto, pues él mismo fue pandillero de la MS-13 en Los Ángeles por más de 10 años, según le dijo a CNN en Español.

Su historia 

Cuando Alex Sánchez tenía nueve años llegó indocumentado a Estados Unidos. Iba buscando a sus padres, quienes habían emigrado a ese país huyendo de la violencia.

Alex Sánchez es el director de Homies Unidos, una ONG que ayuda a pandilleros activos a dejar los grupos delincuenciales. (Crédito: Facebook / Homies Unidos)

Era 1979 y no hablaba inglés. Dice que nadie le dio la bienvenida a ese nuevo mundo; que no lo integraron. Según recuerda, nunca estableció relaciones sociales con su nueva comunidad. En su escuela se sentía acosado, el choque cultural fue doloroso, difícil.

“Yo podría culpar a mis padres… pero ya me di cuenta de que no, que trataron de disciplinarme de la mejor manera que pudieron”, dice. “Puedo echarle la culpa a Estados Unidos por intervenir en El Salvador durante tantos años en una guerra que nunca tuvo fin, pero veo las cosas ahora y digo… cuando vine aquí de niño con mi hermanito no hubo una comunidad que me acogiera”.

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Sánchez creció en un entorno difícil, en medio del “enemigo”. Así describe a sus vecinos, un grupo de surcoreanos que no hablaban su idioma, que eran diferentes a él y a los suyos y que peleaban por desacuerdos como el lugar de estacionamiento, según recuerda.

Otro enemigo más eran las diferencias culturales, sentirse lejos de sus raíces, sentir que no pertenecía a ningún lugar. En Estados Unidos cuenta que no tenía lugar suficiente para correr, para sentirse libre. Hasta ese momento añoraba regresar a El Salvador.

Cuando estaba en cuarto grado descubrió la violencia.

“Ya no aguanté que me acosaran. Ya no quise ser víctima y golpeé a un joven de una manera brutal y me sentí bien de hacerlo porque me desahogué con él. Aprendí a desahogar mi coraje, mis sentimientos cuando la gente me hacía sentir mal, cuando mis padres me abusaban físicamente y yo no podía hacer nada”, dice.

Sánchez ya se había acostumbrado a la violencia y por eso, dice, integrarse a las pandillas "fue algo natural".

“Yo ya tenía esa tendencia de pelear y otros jóvenes que llegaron de otra escuela vinieron diciendo que pertenecían a este grupo de jóvenes centroamericanos que se llamaba la MSS, que era un grupo de rock and roll, de heavy metal y que íban a conciertos”, cuenta.

Ese grupo de “valientes” que no tenían miedo de mostrarse como centroamericanos se protegían entre sí y Sánchez quiso ser parte de ello.

Ese fue su inicio como pandillero de la MS-13, de la que hizo parte desde inicios de los años 80 hasta mitad de la década de los 90, cuando conoció a Magdaleno Rose Avila, fundador de Homies en El Salvador .

Esa misma pandilla fue nombrada como de interés nacional por el presiente Donald Trump, pues dice, son una amenaza para la seguridad nacional en Estados Unidos.

La MS-13, una amenaza para Estados Unidos

La Mara Salvatrucha, la pandilla más grande y reconocida, nació en la década de 1980 en la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos.

La MS-13, como también se le conoce, fue creada por un grupo de inmigrantes salvadoreños que huyeron de la guerra civil en su país. Hoy, entre sus miembros también hay inmigrantes de México, Honduras, Guatemala y otros países de Centroamérica y Suramérica, según un informe del FBI sobre evaluación de amenazas de esa pandilla.

Según el gobierno de EE.UU., los pandilleros o mareros son “criminales” que representan un serio desafío a la seguridad nacional.

A finales de abril, Trump justificó la construcción del polémico muro en la frontera con México en el hecho de que, entre otras cosas, eso frenará la llegada de “criminales” a Estados Unidos.

“Los demócratas no quieren usar dinero del presupuesto para el muro en la frontera, a pesar de que detendrá drogas y los muy malos miembros de la pandilla MS-13”, escribió el presidente.

Para Sánchez, la retórica del presidente Trump es una amenaza que pone en peligro las vidas de quienes se están saliendo de este mundo, pues muchos de estos muchachos “que ya no tienen nada que ver con los grupos criminales” corren el riesgo de ser deportados a su país de origen y su vida puede correr peligro pues en un país como El Salvador, donde las pandillas son considerados como terroristas y ser identificado como integrante de estos grupos puede poner su vida en peligro.

Se estima que solo en Estados Unidos hay unos 6.000 pandilleros en 46 estados del país; en el Triángulo Norte (Salvador, Honduras y Guatemala) hay entre 70.000 y 100.000.

Salvando vidas

En 2007, Luis Ernesto Romero, director de Homies Unidos de El Salvador, fue elegido como uno de los Héroes de CNN por su trabajo con los pandilleros. Romero falleció en octubre de 2016.

Más de dos décadas después de salir de su vida como pandillero, Sánchez dirige Homies Unidos en Los Angeles, una organización social que lo ayudó a él mismo a salir de las pandillas.

Después de estar separado de su hijo tras haber pasado unos siete años en prisión por delitos menores y ser deportado a El Salvador en 1994, Sánchez decidió cortar el ciclo de violencia que él mismo había empezado. Volvió a Estados Unidos por su hijo, pues fue él quien lo impulsó a dejar la vida que llevaba.

“Yo estaba en un periodo que quería estar más calmado, más tranquilo y estar con mi hijo. Era un padre soltero y eso fue lo que me ayudó”, cuenta.

Cada año llegan a Homies Unidos unos 250 jóvenes que llegan a esta organización ya sea recomendados por su oficial de libertad condicional al salir de prisión, porque sus padres los mandan o porque ya vivieron una vida en las pandillas y quieren salirse del ciclo de la violencia.

“Muchos de ellos vienen aquí para consejerías”, dice.

Homies Unidos trabaja con pandilleros en Los Angeles y hasta hace unos años en El Salvador. (Crédito: Facebook/Homies Unidos)

Ellos hacen parte de un programa de 12 semanas en el que esta organización les ayuda a reincorporarse a la sociedad ya sea refiriéndolos para un trabajo, o removiéndoles los tatuajes —porque los discriminan por tenerlos— y también los ayudan a entender cuál fue el motivo por el que se unieron a esas pandillas.

“Al ellos entender eso, entienden que deben hacer algo, que tienen que ayudar”, dice Sánchez, quien dice que en muchas oportunidades ha elegido a estos jovenes para que trabajen con él.

Homies Unidos también trabaja con quienes están encarcelados y los asesoran para que recuperen su libertad y, en caso de ser deportados a sus países de origen, se vayan con un proyecto de vida.

También ofrecen asesorías a mujeres víctimas de la violencia doméstica y a jovencitas recién llegadas a Estados Unidos a protegerse del abuso de las drogas, dice él.

La dificultad más grande: ellos mismos

Pero dejar una pandilla no es una tarea difícil pues “no se trata simplemente de parar de ser un joven malo y ser un joven bueno”, dice Sánchez.

Los jóvenes llegan a las pandillas para buscar reconocimiento “a un costo muy alto” y como han llegado a estos grupos luego de sufrir una serie de procesos de vulneración, salirse es algo difícil.

Sánchez alerta que uno de los desafíos más grandes a la hora de trabajar con estos jóvenes son ellos mismos, pues tienen en su cabeza que si dejan de ser parte de estas los van a atacar, los van a matar.

“Eso los mantiene en ese estilo de vida”, añade Sánchez. “Lo más difícil es a veces, que ellos puedan entender que pueden tomar decisiones que los va a afectar positivamente, sin tener esa presión”.

“La pandilla llega a ser en la vida de un joven como un suicidio”, dice él, “porque cuando uno se mete a esas pandillas ya no quiere luchar por la vida”.

La familia, la otra lucha

Una de las razones más importantes para que los pandilleros quieran dejar ese mundo es su familia, dice Sánchez, y muchos de ellos toman esta decisión pensando en sus seres queridos.

“Es bien importante la familia para la gente que ha estado en pandillas y muchos de ellos han sido motivados a buscar ayuda por su familia porque no pueden estar ahí con ellos”, dice Sánchez.

Y justamente bajo esa premisa trabajan varias organizaciones en El Salvador, donde las autoridades estiman solo de la MS-13 ha unos 12.000 pandilleros activos, según el estudio “La nueva cara de las pandillas callejeras: El fenómeno de las pandillas en El Salvador”, realizado por la Universidad Internacional de Florida en coordinación con la Fundación Nacional para el Desarrollo (FUNDE) en 2017.

Una de ellas es la Fundación San Andrés, que ayuda a las familias de los pandilleros a no caer en ni en el ciclo de la violencia ni en el de las pandillas, según le dijo a CNN en Español Anabel Tinoco de Meza, presidenta de la fundación.

Allí tienen dos programas: uno es una escuela de fútbol para los hijos de los pandilleros, donde concentran sus energías en el deporte, y otro de educación integral en el que los hijos de los pandilleros que están en prisión aprenden computación, inglés y valores, cuenta Tinoco de Meza. Una vez capacitados son contactados por algunas compañías que los contratan y así se rompe el ciclo de la violencia.

“Casi la mayoría de estos niños estaban con ideas de maras y el caminadito y toda la manera de ellos… Las familias están muy agradecidas por ayudarlos”, dice la presidenta de la Fundación San Andrés.

Y otra fundación que también decidió atacar el problema del reclutamiento de pandillas con educación es Fundasalva, que hace unos años tenía un programa para reinsertar pandilleros, pero debido a falta de apoyo terminó.

Hoy en día Fundasalva trabaja con niños de entre los 8 y 12 años, que vienen de familias desintegradas y de los sectores más vulnerables del país, para evitar que no tengan ese peligroso primer contacto con las pandillas.

“Hay que empezarles a cambiar esa mente, enseñarles que la superación personal es el estudio diario, enseñarles a que le tengan cariño a la patria y a esforzarse ellos mismos, a ser emprendedores, y lo más importante de todo es que no haya que buscar otro país para superarse”, le dijo a CNN en Español Dionisio Guerrero, director general de Fundasalva.

Aunque el proceso es largo, estas organizaciones están trabajando desde los pequeños esfuerzos, desde ver el lado humano de un las personas hasta darles la oportunidad de tener una vida digna.

“Cuando a uno le han puesto la estampa de pandillero no lo ven como un humano, le cierran las puertas en todo lado”, dice Sánchez.

“Y no se le da la oportunidad de preguntarles a los pandilleros cuáles son sus necesidades y que ellos puedan decir estas son las cosas que quisiéramos (no políticas sino humanas) y desde ahí empezar a trabajar en ellas”, puntualiza Sánchez.