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México

El mundo secreto de los jóvenes sicarios estadounidenses en los cárteles mexicanos

Por Funes

Por Ed Lavandera, corresponsal de CNN

Laredo, Texas (CNN) — En un rancho remoto, polvoriento, cruzando el Río Grande desde este pueblo fronterizo de Texas, un intimidante narcotraficante se paró frente a Rosalio Reta, de apenas 13 años, y le entregó un arma.

Reta no sabía quién era el hombre, pero estaba claro que infundía miedo e imponía respeto entre todas las personas que observaban atentas la dramática escena.

El adolescente estadounidense nunca había visto a alguien que llevara una pistola así, con una decoración que nunca olvidaría: el número “40” incrustado en diamantes sobre la empuñadora.

El capo narco miró a Reta y le ordenó disparar y matar a un hombre atado en el suelo. Si se hubiera negado, Reta evoca, el capo lo hubiera asesinado.

La carrera de Rosalio Reta como un niño sicario del cártel había comenzado.

“Sabía que mi vida había cambiado para siempre”, le dijo Reta a CNN esta semana, once años después. “Es un día que nunca podré olvidar. Después de eso, ya no tuve vida”.

Gabriel Cardona, amigo de la infancia de Reta, dice que comenzó su vida como criminal robando autos y vendiéndolos tras la frontera en México. Luego, se dedicó a contrabandear drogas y armas al otro lado del Río Grande. Cardona asegura que no pasó mucho tiempo antes de también convertirse en un sicario del cártel. Tenía solo 16 años.

Reta y Cardona acordaron entrevistarse con CNN desde las prisiones de Texas en las que ambos cumplen cadenas perpetuas por asesinato. Ofrecieron una mirada de primera mano sobre el siniestro mundo de los cárteles de la droga, un mundo que acosa a personas inocentes a ambos lados de la frontera.

El misterioso narco que ordenó a Reta disparar al extraño aquel día, dice el muchacho, era Miguel Ángel Treviño. Durante años, Treviño fue el líder del despiadado cártel de Los Zetas hasta su arresto el mes pasado en las afueras de Nuevo Laredo, México. Treviño, de 40 años, se enfrenta a cargos de crimen organizado, homicidio, tortura y lavado de dinero, según informó un vocero del gobierno mexicano en julio. Existían por lo menos siete órdenes de captura contra el narco.

Muchos líderes de Los Zetas suelen utilizar números para denominarse entre sí. En las calles de México, Treviño era conocido como “Z-40”.

Uno de los narcos más temidos y poderosos del mundo, Treviño llevó la brutalidad del cártel a niveles nunca antes vistos. Las autoridades de México y los Estados Unidos lo acusan de matar a cientos de personas y lavar cientos de millones de dólares.

Pese a virtualmente gobernar el norte de México, al conocerlo cada vez más, Reta empezó a ver a Treviño como un hombre común.

Treviño había construido sistemas de control y protección para preservar a su organización del acoso de los políticos y las agencias de seguridad. En ocasiones, Treviño acompañaba sus mensajes a cárteles rivales con cuerpos decapitados.

“Control absoluto”, dijo Reta sobre el poder de Treviño. “En una lucha armada, en una confrontación, es el primer en salir de su vehículo y liderar a su gente. Nunca va a pedirle a las personas hacer algo que él no haría. Por eso tantos lo seguían”.

Ingreso al estilo de vida narco

Reta, de 24 años, y Cardona, de 26, todavía llevan las marcas de sus años como despiadados asesinos.

Reta tiene extraños tatuajes alrededor de sus ojos; Cardona muestra dibujos de ojos tatuados en sus párpados. Una imagen de Santa Muerte marca la espalda de Cardona. Denunciada por la Iglesia Católica de México, Santa Muerte es un símbolo muy popular entre los traficantes de drogas.

CNN fue la primera en transmitir los interrogatorios policiales a Reta y Cardona, imágenes que provocaron una fascinación global sobre sus vidas y convirtieron a ambos en infames leyendas del mundo narco.

Cardona y Reta crecieron en la calle Lincoln en Laredo, a solo unas cuadras del control fronterizo más grande de la ciudad. Con los años, el destartalado vecindario se convirtió en una región abandonada, con casas construidas sobre escombros y familias viviendo bajo techos que se caen a pedazos.

Reta era uno de diez hijos y Cardona, uno de cinco varones, cuyo padre desapareció cuando él era pequeño.

“En la frontera, muchas personas son arrastradas a este estilo de vida”, dijo Reta. “Pero lo que no logramos ver es que nos lo hacemos a nosotros mismos”.

Reta era un joven tomando el camino equivocado. Había seguido a dos amigos al rancho cruzando la frontera donde asesinó por primera vez. Sus amigos se mezclaban con personajes cuestionables, pero él tenía curiosidad sobre el mundo narco. Cuando Reta llegó al rancho, recibió un curso acelerado de esta cultura sanguinaria.

“Estaban torturando personas y obteniendo información”, dijo Reta. “No podía creer lo que estaba viendo. Personas siendo torturadas, asesinadas, decapitadas”.

Por aquellos días, Cardona también se hacía un nombre en el mundo narco impresionando a capos de la droga.

Si los ojos fueran una ventana al alma, sería complicado descubrir el mito de Gabriel Cardona. Y como todo lo que sucede en el violento mundo de los cárteles, descubrir la verdad y el mito puede ser efímero.

En la superficie, los ojos de Cardona pertenecen a un rostro aniñado.

Si no conoces nada sobre él, es difícil imaginar que pudo haber sido un asesino letal. Pero luego aparecen los ojos tatuados sobre sus párpados.

Parecen una ventana al alma fría y deliberada que lo convirtió en un despiadado sicario de Los Zetas.

Cardona sonrió cuando le preguntaron si recordaba cuántas personas asesinó para Los Zetas. “No tengo idea”, dijo. “Es un mundo violento”.

Luego, tras pensar unos segundos, estimó que pudo haber matado unas 30 personas en menos de dos años.

Cardona y Reta aseguran que recibían miles de dólares por semana solo por estar disponibles: permanentemente listos para responder un llamado a matar.

Cuando llegaban las órdenes de los capos, los hombres comenzaban la caza de su presa.

Es difícil precisar cuánto dinero eran pagados. Cardona dice que llegó a gastar más de 10 mil dólares por semana. Los hombres, además, recibían casas y autos extravagantes. Cardona solía andar por el pueblo en un Mercedes.

Por cada asesinato recibían dinero adicional, unos 10 mil dólares, según precisaron, y a veces incluso más dependiendo de la importancia de la víctima.

El dinero y el estilo de vida eran tan seductores y perjudiciales que ambos adolescentes pronto abandonaron la escuela. Reta lo hizo en sexto grado y Cardona en noveno.

“Te da la sensación de que puedes hacer cualquier cosa”, dijo Cardona. “Crees que nunca terminará”.

En los videos de un interrogatorio realizado a poco de ser arrestado en 2009, Reta le contó a un policía de Laredo que matar personas lo hacía sentirse como “Superman”.

El trabajo de sicario para un cártel suele terminar de dos formas: en prisión o torturado y ejecutado en el medio del campo.

Cardona y Reta no duraron mucho en ese mundo. Ambos dicen que vivieron aquella vida durante unos tres años: Cardona desde los 16 hasta los 19 y Reta desde los 13 hasta los 16.

Eventualmente, los policías de Laredo concentraron su atención en los jóvenes sicarios.

Cardona fue arrestado y se declaró culpable del asesinato de siete hombres y de conspirar para secuestrar y matar en un país extranjero. Fue sentenciado a más de 80 años de prisión.

Reta señaló que temía ser asesinado por cárteles rivales, así que, estando en una misión en Monterrey, se contactó con un agente de la Agencia Antidrogas de los Estados Unidos (DEA, según sus siglas en inglés) y se entregó.

Luego, se declaró culpable de dos asesinatos por los que recibió dos sentencias, de 30 y 40 años en prisión.

“He llegado a lamentar todo lo que hice”, dijo Reta. “Ya no podía aguantar. Fue muy difícil para mí. No vivía mi vida”.

Cardona, por su parte, no se muestra tan arrepentido. No pasa mucho tiempo pensando sobre la violencia que ejerció, según confesó. Su cabeza no está perseguida por las feroces imágenes de su otra vida.

“Soy una buena persona”, aseguró. “Solo fue algo que sucedió”, agregó.

“Siempre creí que si moría, sería con una bala en mi cabeza”, dijo. “Nunca pensé que moriría en prisión”.