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Mundo

El dinosaurio que comía tiburones para el desayuno

Por CNN en Español

Por Daisy Carrington

(CNN) — Son pocos los dinosaurios que tienen una historia de fondo tan interesante como la del espinosaurio. En vida, dominaba las vías fluviales; se trataba de un gigante de 15 metros de largo que usaba sus garras que parecían cuchillas y sus dientes afilados como navajas para aniquilar a su presa. Comía tiburones para el desayuno.

Noventa y cinco millones de años después de su extinción, este dinosaurio extrañamente acuático (el único de su clase que conocemos) ha tenido que lidiar con los nazis, bombardeos, pandillas armadas y hombres misteriosos con grandes bigotes. Su historia tiene todos los ingredientes de una novela de espías.

El capítulo más reciente de la larga y extraña historia de los espinosaurios ocurrió el año pasado cuando Nizar Ibrahim, un paleontólogo alemán-marroquí de la Universidad de Chicago, descubrió el esqueleto fósil más completo de la especie que se ha encontrado hasta ahora en el desierto del Sahara de Marruecos.

También resulta ser el único esqueleto que queda de la especie, ya que las demás pruebas físicas del espinosaurio fueron eliminadas hace 70 años.

“Es un dinosaurio realmente misterioso. Hasta ahora, todo lo que teníamos eran pequeños trozos y piezas, pistas tentadoras y dibujos de parte de un esqueleto que había sido destruido en la Segunda Guerra Mundial”, explica Ibrahim.

Los primeros huesos

El primer, y hasta hace poco el único, esqueleto de espinosaurio alguna vez encontrado fue descubierto por un coleccionista de fósiles que trabaja para el paleontólogo alemán Ernst Stromer, quien en ese entonces era uno de los principales expertos del mundo sobre los dinosaurios enigmáticos del norte de África. Durante años, Stromer desenterró un tesoro paleontológico en el Sahara.

“Ernst Stromer era realmente un científico muy productivo. Era un explorador, y en realidad fue la primera persona en desenterrar el mundo perdido de los dinosaurios de África de forma considerable”, dice Ibrahim.

Por desgracia, su suerte cambió con el surgimiento de una guerra que le robaría a sus hijos – dos murieron en la guerra, mientras que el tercero apenas sobrevivió a los cinco años que estuvo en prisión – y su trabajo de toda la vida. La mayoría de sus hallazgos fueron guardados en un museo de paleontología en Munich. Él le rogó al director que trasladara la colección de dinosaurios, pero éste se rehusó, y en abril de 1944, un ataque aéreo aliado destruyó la institución y los descubrimientos de Stromer.

“Todo fue consumido por el fuego y Stromer perdió todos esos increíbles hallazgos en una sola noche”, recuerda Ibrahim, quien considera a Stromer como su modelo a seguir.

“Desenterrar al espinosaurio – su más famoso descubrimiento – fue la mejor manera de hacer que Stromer volviera a los libros de paleontología de los dinosaurios”, dice.

El hombre del bigote

Ibrahim emprendió la búsqueda de los espinosaurios en 2008, cuando conoció a un cazador de fósiles bigotudo de Marruecos que estaba ofreciendo muestras raras en una caja de cartón.

“Una pieza se veía realmente interesante. Era una pieza de hueso que parecía una cuchilla y de hecho pensé en ese momento que tal vez se trataba de una parte de la columna vertebral de un espinosaurio”, recuerda. Años más tarde, colegas del Museo de Historia Natural en Milán le enseñaron muestras similares de lo que ellos también creían que era un esqueleto parcial de un espinosaurio.

“Era espectacular. Teníamos huesos de las piernas y columna, y huesos de las costillas y cráneo. Fue muy emocionante, pero teníamos un gran problema. No teníamos idea de qué era el esqueleto, lo que quería decir que no sabíamos en qué ambiente vivía el animal, el contexto geológico, o si los huesos habían sido encontrados en el mismo lugar”, dice.

Sin embargo, al verlos más de cerca, los huesos parecían familiares. Ibrahim tenía la sospecha de que no solo provenían del mismo lugar del espécimen que le enseñaron en Marruecos, sino que también eran del mismo dinosaurio. Luego de eso, buscó durante cinco años al hombre del bigote; ese era el único detalle que Ibrahim recordaba del encuentro.

En 2013, Ibrahim decidió cancelar la búsqueda mientras tomaba té de menta con colegas en un café marroquí.

“Creo que fui un poco ingenuo y muy optimista, y… pensamos, está bien, no podemos encontrar al tipo, así que es el final de nuestra misión imposible. De la misma forma que sucede en una película de Hollywood, justo cuando estaba por tirar la toalla, un hombre pasó caminando por nuestra mesa. El hombre tenía un bigote y era el hombre que había estado buscando”.

Luego que Ibrahim se reencontró con él, el hombre lo llevó de nuevo al lugar donde inicialmente hizo los hallazgos. Al hacer más excavaciones desenterraron incluso más huesos, probablemente del mismo animal. La colección dibujaba la imagen más completa hasta la fecha de cómo se veía el animal y cómo vivía.

Principalmente, Ibrahim pudo comprobar que el espinosaurio era un dinosaurio acuático (era la primera vez; anteriormente, no existía evidencia de una criatura como ésta). Los huesos densos – raros en los dinosaurios, pero comunes en los pingüinos – le permitían al animal flotar en los ríos, mientras que un hocico parecido al del cocodrilo le ayudaba tanto a respirar como a detectar movimientos bajo el agua. Una “vela” de 2 metros en el lomo del animal lo ayudaba a navegar por los mares.

Los hallazgos fueron publicados en la revista Science el mes pasado, son la historia de portada de la edición de este mes de National Geographic y, actualmente, también son objeto de una exposición en el museo de National Geographic en Washington.

El Sahara: tierra de gigantes

El Sahara de hoy en día puede ser bastante inhóspito. La tierra es vasta y remota, y ofrece pocas pistas visuales. Las temperaturas rara vez bajan de los 100°F, y los fuertes vientos causan feroces tormentas de arena.

La arena también está plagada de trampas cazabobos: escorpiones, serpientes y minas – por no mencionar a la extraña milicia armada que hace rondas – que tienden a mantener a la mayoría de los paleontólogos a raya. Sin embargo, Ibrahim es adicto al paisaje.

“El Sahara es un lugar mágico. Encontrarás fósiles de peces gigantes, tortugas de río y de depredadores como el cocodrilo, y es allí cuando lo entiendes: este lugar era muy, muy diferente hace 95 millones de años. Era un mundo extraño, realmente como un planeta diferente”, dice.

En lugar de la actual extensión de arena que parece interminable, hubo un sistema fluvial que albergaba todo tipo de criaturas extrañas.

“Lo llamo ‘el río de los gigantes’. Hubo peces sierra gigantes y peces pulmonados, reptiles voladores (algunos con una envergadura de seis o siete metros) y una gran cantidad de dinosaurios depredadores”.

Es un lugar que Ibrahim ansía volver a visitar.

“Simplemente digamos que esta no es la última vez que viajaré al Sahara en busca de mundos perdidos y criaturas extrañas”, afirmó.