(CNN Español) - Con el simbólico ondear de la bandera de las barras y las estrellas en La Habana, y la presencia del secretario de Estado John Kerry, concluye la etapa del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, pero comienza el arduo camino hacia la normalización.

Durante 56 años los dos países supieron ser “muy buenos enemigos”, como declaró recientemente a CNN la embajadora Vicky Huddelston,  exjefa de la sección de intereses de Washington en La Habana; por eso la pregunta que toca es, si a partir de ahora sabrán ser buenos amigos.

Porque tanto en lo político como en lo comercial  permanecen grandes retos y los sistemas de los dos países se sitúan muy lejos uno del otro en el espectro ideológico internacional.

Ante el gobierno cubano hay una docena de proyectos, entre los que se encuentra el restablecimiento de los vuelos comerciales entre los dos países,  que cuentan ya con  la aprobación de Washington pero que siguen esperando por la demorada decisión de La Habana. Por otra parte,  ni siquiera se han podido nombrar embajadores en este histórico restablecimiento diplomático porque el Congreso  Federal  estadounidense, en manos republicanas  ha  prometido bloquear en todo lo que pueda,  las nuevas relaciones.  Y  es este mismo Congreso quien tiene  la llave para acabar con el embargo comercial,  algo crucial para la normalización.

Otro tema candente es el de las reclamaciones por las confiscaciones de propiedades a norteamericanas, que se estiman entre siete y ocho mil millones de dólares, a los que el gobierno cubano opone otra estratégica reclamación  por los daños del embargo y la política de agresión de Washington que cuantifica en más de 180 mil millones de dólares.

Sin ir más lejos, el jueves 13 de Agosto, Fidel Castro, en medio de las celebraciones por su cumpleaños número 89 en La Habana, se encargó de calentar el ambiente como tanto le ha gustado. Un día antes de la llegada del secretario de Estado, Kerry, el líder cubano publicó en el diario oficial Granma un recordatorio de dicha multimillonaria reclamación monetaria de La Habana contra Washington.

Por si fuera poco, en la agenda cubana también se encuentra la devolución de la base militar de Guantánamo, que según el gobierno de la isla fue obtenida por Estados Unidos,  al terminar la ocupación hasta 2002, bajo coacción.

Por su parte, Estados Unidos mantiene como objetivo  clave el mejoramiento de los derechos humanos en la isla así como de los principios democráticos. Washington sostiene que con el acercamiento  tiene muchas más posibilidades de influir, mientras la mayoría de los opositores internos cubanos dudan públicamente de ello y rechazan tajantemente la nueva política de Estados Unidos hacia Cuba. Mientras se izaba la bandera estadounidense en La Habana, estos opositores habían viajado a San Juan, Puerto Rico, para reunirse organizaciones anticastristas principalmente de Miami y trazar nuevas estrategias de lucha.

Es tal vez este sector anticastrista, del exilio más conservador en Miami y de las organizaciones opositoras que este sector apoya dentro de Cuba, sean quienes más sufran emocional, política y económicamente con el restablecimiento de las relaciones.

Durante los últimos cincuenta y seis años el gobierno norteamericano había apostado fundamentalmente por el cambio de régimen en La Habana, y en esa apuesta contaba con la base política de los cubanos exiliados en Miami cuyo voto siempre cortejaba con la promesa eterna de una “Cuba Libre”. Pero con este giro radical de la diplomacia estadounidense,  se reconoce la legitimidad del gobierno de Raúl Castro y se renuncia a seguir buscando el cambio de régimen en Cuba, algo con lo que los grupos anticastristas de Miami y sus vínculos opositores dentro de la isla no pueden estar  muy contentos ya que su línea de actuación política estuvo siempre vinculada, de manera muy estrecha, a la ayuda y apoyo de Washington, lo que algunos dicen ha sido su “pecado original”.

Así que Washington ha dejado de ser aliado del anticastrismo tradicional en Miami y de la oposición vinculada en Cuba, tiene que librar una batalla en el Congreso para el levantamiento del embargo, enfrentarse a las altas demandas de La Habana en el proceso de normalización, tener paciencia con las respuestas de Cuba y al mismo tiempo sonreír ante las cámaras.

Todo esto promete que la situación  político-diplomática-económica-social- opositora- nacional cubana, lejos de desaparecer, solucionada en el silencio, se mantendrá todavía en el debate, y muy a menudo, en el candelero.

Es tal vez este sector anticastrista, del exilio más conservador en Miami y de las organizaciones opositoras que este sector apoya dentro de Cuba, sean quienes más sufran emocional, política y económicamente con el restablecimiento de las relaciones.

Jorge Dávila Miguel