La red social cumplió 10 años el 21 de marzo de 2016. (Crédito: Getty Images)

Nota del Editor: Jorge Gómez Barata es columnista, periodista y exfuncionario del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y exvicepresidente de la Agencia de noticias Prensa Latina. Las opiniones expresadas en este texto corresponden exclusivamente al autor.

Cada nueva tecnología origina fenómenos sociales y culturales novedosos. Con la imprenta debutaron los lectores, con el automóvil los choferes y los peatones, con la televisión los televidentes, con los teléfonos móviles los redactores de Twitter, y con el lenguaje de género los ignorantes y las “ignorantas”.

No por generalizarse las especializaciones, los oficios y los comportamientos específicos, las personas se volvieron criaturas unidimensionales, sino todo lo contrario. Se tornaron multifacéticas, diversas y plurales y fueron más aptas. Un hombre es chofer mientras conduce, y peatón cuando camina. Creer que quienes utilizan el lenguaje de Twitter no leerán libros ni artículos de fondo es tan erróneo como cuando se estimó que la invención de las botellas de vidrio eliminaría los vasos y las copas.

Paradójicamente, Internet y las tecnologías digitales de la comunicación, que presuntamente acabarían con la lectura, la democratizaron y ampliaron sus horizontes. Con ellas, surgieron meganegocios para la venta de libros, incluso usados. Nunca antes la humanidad leyó tanto ni tan rápido como hoy, ni las personas intercambiaron tantas y tan innovadoras ideas.

Cuando se temió que la invención de aparatos digitales podía simplificar y banalizar el pensamiento, aparecieron best seller de la densidad intelectual de El Péndulo de Foucault de Umberto Eco, recientemente fallecido, y filmes de alta escuela. Talentos como los de Luciano Pavarotti, José Carreras, Plácido Domingo, Andrea Boccelli, y Monserrat Caballet, hicieron de la música clásica y de la ópera fenómenos populares.

En circunstancias en las que podía afirmarse que nadie haría más por el violín que Antonio Stradivarius, Jean-Luc Ponty calentó las tablas electrificando el instrumento, modificando la posición y el número de cuerdas, e incorporando el sintetizador a la caja. Aunque en otro género, no menos antológicos y contemporáneos son los aportes de Michael Flatley, que cautiva a las muchedumbres y a los públicos más refinados e inteligentes con Riverdance.

La cultura es una noria eterna que suma y jamás resta. Ninguna expresión cultural aplasta a otra, y cuando las trasciende lo hace como un acto de crecimiento, no de canibalismo. El correo electrónico no ha suprimido el género epistolar, sino que lo ha cambiado. Nunca ante fue tan extenso y prolífico. Ya vendrán quienes con los pulgares produzcan arte, como con cartas escribió Samuel Richardson Pamela o La virtud recompensada.

Creer que quienes utilizan el lenguaje de Twitter no leerán libros ni artículos de fondo es tan erróneo como cuando se estimó que la invención de las botellas de vidrio eliminaría los vasos y las copas

Jorge Gómez Barata