El presidente Obama se ha dirigido al país en por lo menos en 14 ocasiones durante durante sus siete años de gobierno, pidiendo leyes de control de armas para evitar tiroteos masivos. (Crédito:KAREN BLEIER/AFP/Getty Images)

Al pronunciarse sobre la matanza en Orlando, el presidente Barack Obama empleó palabras exactas: terror y odio, fenómenos vividos con particular intensidad en Estados Unidos, y practicados contra ese país desde el extranjero. Tal vez le faltó añadir insensibilidad e indiferencia por parte de las personas habilitadas para legislar y tratar de neutralizar la promoción de la violencia, la intolerancia y sobre todo, la absurda política que facilita a los civiles, sin excluir extremistas ni desquiciados, acceder a armas sumamente letales.

La abundancia de los crímenes de intolerancia no es casual, sino una anomalía derivada de circunstancias históricas, problemas sociales no resueltos, discursos y prédicas ideológicas que deforman realidades, consagran las desigualdades y cultivan un individualismo que conduce a ignorar o demeritar el papel de las instituciones públicas, entre ellas, aquellas que proveen seguridad y aseguran el orden.

La sociedad estadounidense, que tan brillantemente estableció derechos, libertades y oportunidades, falla al no fijar límites racionales, sin los cuales las leyes y las convicciones pierden eficacia, dando lugar a ideas y prácticas, que como un boomerang golpean lo que pretenden defender. Un pastor que usa el púlpito para promover la violencia homofóbica y a tenor con ello, reivindica la libertad de expresión y de cultos, subvierte, deforma y caricaturiza valores sagrados.

El hecho de que en épocas tempranas, la esclavitud en Estados Unidos, que era un problema económico, social y humanitario de enormes proporciones, no fuera considerado en la Declaración de Independencia ni en la Constitución, permitió que el fenómeno creciera hasta formar parte de las causas que originaron la Guerra de Secesión (1861-1865) y la segregación racial, motivó la lucha por los derechos civiles y hoy está presente en las causales de un gran número de los delitos de intolerancia que se comenten en la Unión Americana.

No obstante, la falta de resultados concluyentes en la lucha contra el racismo en Estados Unidos, no puede desconocerse el empeño que ha conducido a la entronización de tres enmiendas a la Constitución (13º, 14º y 15º), varias leyes federales, entre ellas la Ley de Derechos Civiles, la Ley de “Prevención de Delitos por Odio Matthew Shepard”, y decenas de disposiciones estadales y locales que penalizan las actitudes racistas y discriminatorias.

Paradójicamente, el mismo país que realiza este esfuerzo, que ha reconocido las carencias de su Constitución y que mediante 33 enmiendas ha trabajado por perfeccionarla, no logra la lucidez y la determinación necesarias para actualizar su anacrónica legislación e insólitas prácticas respeto a las armas de fuego.

El hecho de que los fundadores de Estados Unidos vivieran dispersos y aislados en inmensos territorios, donde eran asediados por enormes peligros, y estuvieran obligados a garantizar por ellos mismos y con sus propias armas su seguridad, explica que más de doscientos años atrás inscribieran en la Constitución el derecho a poseerlas.

Ello no significa que se trate de una necesidad vigente por toda la eternidad, ni que sea preciso ejercerla del modo como ahora se hace. Si bien es cierto que la Segunda Enmienda a la Constitución establece el derecho a poseer armas, también lo es que se trata de un documento jurídico, una obra humana condicionada por circunstancias específicas y no parte de las Sagradas Escrituras.

En 1791, cuando la mencionada Enmienda fue introducida, no existían las fuerzas armadas de Estados Unidos, ni los cuerpos de policía local y federales, no se había fundado ninguna agencia de seguridad. Obviamente, no había las alarmas de hoy ni era posible llamar al 911. Entonces, además de primitivas y poco letales, las armas de fuego eran escasas. La era del Winchester y el Colt tardaría más de cien años en llegar. Por otra parte la Segunda Enmienda no dice una sola palabra sobre la venta de armas y por supuesto, no alude a la disparatada práctica de poner a disposición de civiles, cuyos antecedentes y capacidad para manejarlas no se verifican, poderosos artefactos de asalto fabricados para la guerra y para ser empleados por militares altamente entrenados.

El rifle de asalto Sig Sauer MCX, utilizado por el atacante en el club nocturno de Orlando, Florida, usa cartuchos de alta velocidad y posee un alcance efectivo de 500 metros. Puede equiparse con bípode, apagallamas, culatas retráctiles, linternas, punteros laser, mira telescópica y otros accesorios. Por sus prestaciones, es en Estados Unidos una de las armas de asalto más comprada por civiles. Con modelos parecidos se perpetraron las masacres de Colorado y Connecticut en 2012. ¿Para cuántas más servirá?

Estados Unidos no es el único país del mundo donde existen racistas e intolerantes capaces de matar por odio, pero no en todos los países tales sujetos pueden comprar libremente rifles y pistolas, que los convierten en exterminadores. Si bien el odio motiva a ciertos individuos a actuaciones violentas, tales sentimientos no los hace mortíferos, cosa que sí logran las armas de fuego.

La sociedad estadounidense, que tan brillantemente estableció derechos, libertades y oportunidades, falla al no fijar límites racionales, sin los cuales las leyes y las convicciones pierden eficacia, dando lugar a ideas y prácticas, que como un boomerang golpean lo que pretenden defender

Jorge Gómez Barata