Washington (CNN) - Para el presidente Barack Obama, la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales no es nada menos que una pesadilla.

Su visión de largo plazo para un cambio progresivo enfrentó un marcado e inesperado repudio este martes en la noche. Según lo percibe el mismo Obama, las más significativas piezas de su legado presidencial están siendo objeto ahora de un destripamiento por parte de un sucesor que lo resiente profundamente.

Pero este miércoles el presidente les insistió a sus seguidores y a los demócratas que no es el final.

"El sol salió y sé que todo el mundo tuvo una larga noche. Yo también la tuve", dijo desde la Casa Blanca.

Obama probablemente saldrá del cargo con un índice de aprobación de más del 50% y es una perogrullada de la política estadounidense de que los expresidentes se vuelven más populares después de salir de la Casa Blanca.

Pero ahora el primer presidente negro estará en la plataforma inaugural cerca a un Donald Trump que avivó divisiones y alimentó los miedos racistas de la población, incluso con mentiras e insinuaciones acerca del mismo Obama.

Los esfuerzos del propio presidente en favor de Hillary Clinton durante todo el mes pasado, circunstancias con muy pocos precedentes en la historia moderna, reflejaron no sólo el deseo de hacer elegir a su exsecretaria de Estado, sino el anhelo de vender, de nuevo, su visión de unos Estados Unidos llenos de esperanza y el progreso inherente a una nación que se demostró lista a elegir su primer presidente afroamericano.

El electorado estadounidense afirmó esa visión en el 2008 y le dio a Obama más tiempo para materializarla aún más en el 2012. Pero ahora los votantes lo dejan con una mínima esperanza de salvar un legado presidencial que dependía en gran manera de su sucesora.

La Casa Blanca ha dicho que Obama defenderá las antiguas tradiciones de los presidentes salientes, invitando a Trump y a su familia al 1600 de la Avenida Pensilvania en los próximos días y le entregará las poderosas herramientas del poder al hombre al que se pasó criticando durante todo el último mes.

Pero el impacto de la victoria de Trump perdurará más allá del periodo de transición mientras el marco del legado presidencial de Obama seguirá bajo un duro asedio de parte de los republicanos, quienes en enero controlarán la Casa Blanca y ambas cámaras del Congreso.

Durante un acto en respaldo a Clinton, Obama advirtió a los votantes que elegir a Donald Trump significaría estar muy pendientes de que sus logros en empleo, salud, política exterior, cambio climático e igualdad “no se vayan por el desagüe”.

Le advirtió a su coalición de afroamericanos y jóvenes que consideraría como un “insulto personal o a mi legado” si ellos no le daban el impulso necesario a Hillary Clinton para lograr la victoria electoral. Esos votantes no se manifestaron en los mismos niveles que lo hicieron con Obama, a pesar de las agresivas propuestas.

En cada acto de campaña o entrevista radial por teléfono, calificó a Trump como alguien “no calificado” para llevar a cabo su labor, advirtiendo sobre el peligro de dejar al magnate cerca a los códigos nucleares. Gastó cerca de 18 minutos asegurándole a sus colegas extranjeros que las proclamas de Trump no reflejaban los reales valores del país.

Como todos los demócratas, Obama enfrenta un cálculo acerca del real maquillaje del electorado estadounidense, y las perspectivas de su partido en el futuro. Pero también se despertó el miércoles con la amarga responsabilidad de entregarle el gobierno de Estados Unidos al hombre cuyas acciones él abiertamente teme.

“Es alguien que dañaría nuestra democracia”, dijo Obama sobre Trump en Florida la semana pasada, añadiendo que Trump lo hizo “temer por la República”.

Preparando el asalto contra las prioridades de Obama

Trump ha prometido desechar por completo la ley del Health Care, que se ha vuelto cada vez más débil tras el aumento de los costos y el retiro de las aseguradoras. Los ajustes en los que insiste Obama para reforzar el Acta de Cuidado Asequible parecen tener ahora muy poco chance de prosperar.

El equipo de transición de Trump ha estado desarrollando planes para echar para atrás el entramado de acciones ejecutivas que Obama diseñó para evitar a un Congreso dominado por los republicanos en cuanto a inmigración y cambio climático. Eso incluye las jugadas unilaterales de Obama, facilitando la aplicación de las deportaciones y sus regulaciones sobre plantas de energía.

Incluso antes de que Obama salga del poder, esas acciones permanecerán estancadas en desafíos legales sin que hayan surtido aún efecto. Proponentes de las movidas habían advertido que si, eventualmente se tomaran el poder, su impacto positivo en la sociedad harían muy difícil reversarlas para próximos presidentes. Pero si nunca entraron realmente en efecto, hay poca expectativa ahora de que se vayan a llevar a cabo.

Trumpo ha prometido retirar a Estados Unidos de acuerdos de libre comercio, incluyendo el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica que Obama ha liderado. Trump también dijo que quitaría a Estados Unidos del acuerdo con Irán para reducir su potencial nuclear y del acuerdo mundial sobre cambio climático firmado en París el año pasado.

El destino de la Suprema Corte permanece como una incógnita, aunque funcionarios de la Casa Blanca insisten en que se continuará presionando en el caso de Merrick Garland, el nominado de Obama para reemplazar al fallecido Antonin Scalia. Trump ha mencionado a muchos conservadores como potenciales jueces de la Corte Suprema. Es probable que tenga muchos asientos que llenar, dado que los miembros más viejos de la corte se aproximan a la edad de retiro.

En las próximas semanas, funcionarios de la administración trabajarán en consolidar cuantos elementos de la inconclusa agenda de Obama puedan, ya sea a través de nuevas acciones acciones ejecutivas.

Se espera que el mismo Obama pronuncie un gran discurso sobre democracia la próxima semana en Grecia, el antiguo lugar de nacimiento de esa forma de gobierno, y que se reúna por última vez con aliados cercanos a Estados Unidos. Se espera que esas reuniones estén centradas en el apuntalamiento de prioridades ante las dificultades que experimentan las alianzas transatlánticas.

Pero incluso mientras Obama trabaja en sus últimas semanas para salvar lo que pueda de su agenda, hay pocas dudas de que su mensaje de esperanza sufrió un profundo revés.

El tono de la campaña presidencial que acabó de pasar es tal vez el mejor reflejo de su poca habilidad para mejorar el talante de la vida política estadounidense. Cuando anunció su intento de ir a por la presidencia en el 2007, Obama deploró “la pequeñez de nuestros políticos” y prometió reformar a Washington.

Ocho años después, la carrera para reemplazarlo se convirtió en una de las campañas más oscuras de las que se tenga memoria, una amarga y fea lucha entre dos profundamente impopulares candidatos.

“Es uno de los pocos remordimientos de mi presidencia el que el rencor y la sospecha entre los partidos ha empeorado en vez de mejorar”, dijo Obama durante su discurso del Estado de la Unión en febrero de este año. La situación poco ha mejorado desde entonces.

Mientras hizo campaña por Clinton la semana pasada, Obama ofreció una reflexión según la cual la campaña de este año se trataba de algo más grande que su propio conjunto de planes.

“Hay algo más fundamental en juego en estas elecciones que políticas y programas”, dijo una noche en Charlotte. “Lo que está en juego en este momento es la naturaleza de nuestro país”.