(CNN) – El nombramiento de Rex Tillerson como secretario de estado de Estados Unidos fue presentado por el presidente del país, Donald Trump, como un golpe y un símbolo.

Un golpe con el que Trump logró atraer a la cabeza de Exxon para dirigir su Departamento de Estado, cumpliendo así su promesa de llevar a Washington las mejores personas en el mundo de los negocios. Un símbolo porque Tillerson fue una elección que rompió esquemas y que nadie vio venir: justamente el tipo de figura (y movida) que al hoy mandatario más le gusta.

“Es un jugador de clase mundial”, señaló Trump sobre Tillerson antes de proponerlo formalmente como el principal diplomático del país. “Él está a cargo de una compañía petrolera que prácticamente duplica en tamaño a su competencia más cercana”, agregó.

Y, así como el nombramiento de Tillerson pretendía enviar un mensaje, su despido durante la mañana de este martes también manda una señal: lo más importante –y realmente lo único importante– para Trump es cuán devotos sean hacia él sus principales funcionarios. Entre más devotos, mejor. ¿Incuestionablemente leales? Mejor aún.

Pero Tillerson nunca fue exactamente así. Como gigante de la industria, él simplemente no tenía que inclinarse y hacerle referencia a Trump: incluso cuando sabía que eso era precisamente lo que el presidente exigía. De hecho, los ejemplos son muchos:

  • Tillerson se negó a apoyar la posición que Trump asumió tras los ataques de motivación racial en Charlottesville, Virginia. “El presidente habla por sí mismo” fue todo lo que Tillerson pudo ofrecer.
  • Cuando en el otoño pasado surgió un informe acerca de que él se había referido a Trump como un “imbécil”, Tillerson no emitió ningún tipo de negación. “No voy a lidiar con cosas insignificantes como esas”, sostuvo en su momento.
  • Después del ataque con un agente neurotóxico del que fue víctima un exespía ruso en Gran Bretaña la semana pasada, la Casa Blanca se negó a culpar a Rusia por los hechos pese a que la primera ministra británica Theresa May hizo exactamente eso este lunes. Sin embargo, Tillerson rompió con el gobierno y dejó claro que él creía que Rusia estaba detrás del ataque.
  • Incluso cuando Tillerson buscaba soluciones diplomáticas a la crisis nuclear con Corea del Norte, Trump tuiteó que su secretario estaba perdiendo el tiempo. “Le dije a Rex Tillerson, nuestro maravilloso secretario de Estado, que él estaba perdiendo su tiempo al tratar de negociar con el Pequeño Hombre Cohete”, escribió el presidente en Twitter en octubre pasado.

Hay muchos más hechos, pero entiendes la idea: Tillerson era demasiado independiente, demasiado alejado de la línea de Trump. Incluso, cuando estaba defendiendo a su secretario, la inseguridad del presidente sobre la voluntad de Tillerson para ponerse en sintonía con él era evidente.

“Los medios de comunicación han estado especulando que yo despedí a Rex Tillerson o que él se iría pronto – ¡NOTICIAS FALSAS!”, publicó Trump en su cuenta de Twitter en diciembre pasado. “Él no se irá y, aunque tengamos desacuerdos en ciertos temas (yo tomo las decisiones finales), trabajamos juntos y Estados Unidos vuelve a ser muy respetado”, agregó.

“Yo tomo las decisiones finales”. A esto me refiero.

En el mismo sentido, la decisión de Trump para reemplazar a Tillerson –el director de la CIA Mike Pompeo– también es muy reveladora. Pompeo, excongresista por Kansas, ha sido un aliado devoto de y para Trump desde que ingresó al gobierno. Como lo destaca inteligentemente Aaron Blake, del diario Washington Post, Pompeo ha estado dispuesto a asistir y servir a Trump desde que asumió el cargo. Tanto así que, recientemente, Pompeo tomó la decisión de reunirse con el vendedor ambulante de una teoría de conspiración ampliamente desacreditada sobre el hackeo a los correos electrónicos del Comité Nacional Demócrata.

“Siempre estamos en la misma onda”, sostuvo Trump sobre Pompeo antes de viajar a California en la mañana de este martes.

Entonces, sale alguien a quien Trump no pudo controlar y, en su reemplazo, entra otra persona que, él sabe, sí podrá dirigir.

Nos hemos inclinado a pensar demasiado cuando se trata de las decisiones que toma Trump, atribuyendo sus diversos nombramientos, despidos y otras maquinaciones a un gran plan que solo él logra entender.

Sin embargo, lo que hemos visto en este más de un año es que no existe tal plan maestro y que la explicación más simple sea probablemente la correcta. Lo que significa que Trump se cansó de tener trabajando en un cargo tan importante a alguien que –él cree– no lo respetaba y no estaba dispuesto –Trump nunca superó realmente el comentario de “imbécil”– a comprometerse totalmente con él.

De tal manera que encontró a alguien que sí lo haría.

El ascenso y la caída de Tillerson reflejan el propio arco de Trump cuando se trata de cómo dirigirá su Casa Blanca y de quiénes se rodeará.

Tillerson era la joya de la corona en el gabinete de Trump: la prueba viva de cómo el presidente realmente podía llevar a Washington lo mejor y más exitoso del mundo de los negocios para trabajar en nombre del país.

Ahora, el hecho de que el secretario de Estado nunca encajara –y que estaba al borde de un enfrentamiento con Trump casi que desde que asumió el cargo– demuestra que el presidente nunca se comprometió del todo con la idea que Tillerson parecía encarnar: que como mandatario se apoyaría y escucharía a las personas capacitadas y altamente exitosas que llevó a su gabinete.

Trump es, ha sido y siempre será sui generis. El gobierno de Trump es Trump en sí mismo. Y, cada vez más –desde la renuncia la semana del principal asesor económico Gary Cohn hasta el despido de Tillerson este martes– el presidente parece estar fortaleciendo esa idea.

“Realmente estoy en un punto donde nos estamos acercando a tener el gabinete y las otras cosas que quiero”, les dijo Trump a los periodistas durante la mañana de este martes.

¿A quién va a despedir Trump ahora?