(CNN) - Mientras muchos estadounidenses no paran de sorprenderse con los tuits del presidente Donald Trump, sus payasadas o sus declaraciones, quienes lo conocen desde hace varios años se lo toman con calma. “Este es quien es”, dice un viejo aliado, al referirse al conflicto entablado por el presidente con los jugadores de la NFL que se han arrodillado durante el himno nacional. “Él triplica la apuesta y cree que todo está muy bien”.

¿Eh? Tiene un desastre en Puerto Rico (sin mencionar otros dos en Texas y Florida), un fallido proyecto de ley de atención en salud, una lucha pendiente para reformar los impuestos, un potencial acuerdo con los llamados dreamers o soñadores que enfurecería a su base y, además, una confrontación con Corea del Norte que cada día alcanza excesos retóricas impensables.

Pero Trump sigue obsesionado con tuitear sobre la NFL o sobre el rechazo de Stephen Curry para que se les rinda un homenaje en la Casa Blanca (presidente a los Golden State Warriors: No vengan). Una y otra vez. Más de 20 veces.

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¿En qué está pensando? Primero, dice un amigo, “piensa que todo esto es genial para él. Dice que su base y la mayoría de los estadounidenses están de acuerdo con él”. De hecho, el presidente le dijo a su amigo: “Yo digo lo que todos quieren decir”.

El sentimiento es que el presidente cree que “está haciendo lo que se le pidió que hiciera al llegar a Washington, eliminar todos esos conceptos del sistema en lugares a los que la gente teme ir”, agrega la misma fuente.

Pero no desafíen a Donald Trump. Él es tan valiente que está dispuesto a ignorar la Primera Enmienda para que esos “hijos de p***”, como el presidente los llama, dejen de arrodillarse en señal de protesta cuando se entona el himno. A Trump le gustaría que los despidieran.

Tal vez no sea una movida tan valiente, especialmente si se tiene en cuenta que lo que le importa es profundamente político: jugar con la versión de patriotismo de su base de apoyo. Él sabía que funcionaría bien en Alabama, hace unos días. De esa manera, si su base de seguidores se pone nerviosa por sus acuerdos con los demócratas, les puede tirar un hueso. O una bandera.

Este Trump es instintivo. Cuando estábamos haciendo el documental de CNN sobre el candidato Trump, el año pasado, hablé con Louise Sunshine, vicepresidenta de la Organización Trump durante 12 años, entre las décadas de 1970 y 1980. Algo que dijo sobre el estilo de dirección de Trump se me quedó grabado: “Donald siempre se las ha arreglado para llegar a una reunión y decir algo que nadie espera que él diga nunca, volcar la reunión, dejar a todo el mundo ansioso y de esa manera controlar cada situación”.

Bueno, ahí tienes. Solo que ahora no dirige una pequeña reunión de negocios, sino una conversación nacional. Y lo seguimos como polillas alrededor de una llama.

Sin embargo, aquí hay mucho más que intuición. Cuando el presidente se siente insultado, él devuelve el golpe. El presidente que tiene insultos para todo el mundo no puede soportar las críticas sobre él.

Barbara Res, otra exempleada de Trump, me dijo que a él “no le gusta ser desafiado. Nunca”. Y cuando es desafiado, “reacciona muy rápido y muy fuerte”. (A propósito, el general Kelly, según The New York Times, les dijo a los empleados de la Casa Blanca que en sus 35 años de servicio público jamás le habían hablado como Trump le habla a él).

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Desafortunadamente para Trump, es imposible evitar las críticas si eres presidente. Por eso, este presidente está siendo consumido por los agravios. Y les da a todos las mismas oportunidades: no importa si se trata de su secretario de Justicia, Jeff Sessions, o de Hillary Clinton, o de la NFL o del tamaño de la multitud que asistió a su toma de posesión. Ningún desprecio es lo suficientemente pequeño para ser abordado por el hombre más poderoso del mundo.

Vendrá por ti, como lo hizo en sus días de gloria en el sector de bienes raíces, cuando incluso posó como su mismo secretario de Prensa para hacer sus propias alabanzas y criticar a otros. Pero existe una diferencia: Sunshine, su exempleada, recuerda un día en que recibió críticas de la prensa y ella volvió corriendo a su oficina y le dijo: “Mira, Donald, es terrible”. Él la calmó diciéndole que toda publicidad, es buena publicidad.

Este es un momento distinto. Y un trabajo distinto. De alguna manera, el hombre no puede corresponder con este momento.