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Tiroteos

OPINIÓN | Exjefe policial: la policía nunca debería recibir ayuda de los justicieros

Por Cedric L. Alexander

Nota del editor: Cedric L. Alexander sirvió unas cuatro décadas en la aplicación de la ley y otras áreas de liderazgo de servicio público. Colaborador de CNN y MSNBC, es el autor de «In Defense of Public Service: How 22 Million Government Workers Will Save Our Republic». Las opiniones expresadas en este comentario son propias del autor. Ver más opinión en CNNE.COM/OPINION

(CNN) — Un video de un transeúnte grabado poco antes del tiroteo fatal de dos personas en Kenosha, Wisconsin, muestra al hombre acusado, Kyle Rittenhouse, con un rifle de asalto, arremolinándose entre un grupo de otros civiles armados que afirman estar montando guardia contra la gente que se reunió para protestar por el tiroteo de la policía, dos días antes, contra Jacob S. Blake.

A los 17 años, Rittenhouse fue acusado de violar la ley de Wisconsin, que prohíbe que los menores de 18 estén armados. En el video se ve a oficiales de policía pasando en un vehículo blindado, ofreciendo a Rittenhouse y al grupo de civiles armados botellas de agua, y transmitiendo por un altavoz: «Los apreciamos muchachos. Realmente lo hacemos».

Sin preguntar, no podían saber eso, que Rittenhouse era menor de edad, pero ciertamente sabían que él y los demás estaban violando el toque de queda que los oficiales estaban obligados legalmente a hacer cumplir. Pero, habiendo decidido ponerse del lado de los justicieros, entregaron botellas de agua y palabras de aliento en lugar de una orden de dispersarse, bajo amenaza de arresto.

Rittenhouse, junto con muchos miembros de la milicia, profesan una hermandad especial con la policía y también sabemos que algunos policías corresponden a ese sentimiento. Es cierto que la policía se enfrenta a desafíos especialmente difíciles en un momento de pandemia, protestas callejeras y un aumento en la violencia con armas de fuego en las principales ciudades.

Pero los líderes policiales competentes no dan la bienvenida a ninguna alianza con justicieros armados, no juramentados y no capacitados. Además del obvio peligro inmediato que representan estas personas, hacen que el trabajo de la policía en la comunidad sea exponencialmente más difícil. El «aprecio» por los que violan el toque de queda de Kenosha es evidencia de los riesgos que enfrenta la policía cuando dan la apariencia de estar abiertamente involucrada en política o en un punto de vista político particular. No pueden permitirse la percepción de que se inclinan por los justicieros en el desempeño de sus funciones. Cualquier asociación con ellos arroja a la policía una luz partidista que sacrifica la confianza de la comunidad.

De esa confianza depende la efectividad de una fuerza policial. Puede ser igualmente peligroso para la policía mostrar cualquier apoyo a un partido o político en particular cuando la policía actúa a título profesional.

Ninguna ley en EE.UU. requiere que usted revele por quién votó o por quién tiene la intención de votar. Al igual que el derecho al voto en sí, damos por sentado el voto secreto. Pero el secreto es, de hecho, muy valioso. Evita la presión social, local, del empleador o de los compañeros para influir o intimidar a los votantes. Para los policías y muchos otros servidores públicos, el derecho a no revelar su elección electoral es, creo, no solo un derecho sino una obligación.

Como mínimo, es una buena práctica. Durante las cuatro décadas en las que estuve en la aplicación de la ley, me referí con orgullo a mí mismo como un «agente de la ley y el orden», pero nunca le dije a nadie fuera de la familia y a algunos amigos sobre qué candidatos había votado. Nadie me ordenó mantener en secreto mis preferencias. Simplemente sabía, en mi interior, que guardar mi política para mí era la manera de asegurar que mis acciones como agente de policía no solo fueran apolíticas, sino que fueran percibidas como apolíticas.

En cada puesto de policía que he ocupado, mi juramento fue invariablemente a la Constitución, y también juré servir y proteger a las personas de la comunidad que me contrataron. Mi juramento no mencionó a ningún sheriff, ni jefe, ni alcalde, ni gobernador, ni organización, ni partido político, y ciertamente ningún presidente de Estados Unidos.

Todas las fuerzas del orden público juramentadas en nuestra nación prestan esencialmente el mismo juramento. En la calle, un policía no puede permitirse ser demócrata, republicano, independiente, libertario o cualquier otra cosa que no sea un miembro de la comunidad comprometido, capacitado y calificado para servir y proteger la seguridad pública con valentía e imparcialidad dentro de la ley.

Para realizar su misión jurada, a los agentes de policía se les confía una autoridad legal muy consecuente, incluida la autoridad para usar fuerza letal. Pero el poder detrás de esa autoridad no proviene de ninguna ley sino del público. Son los miembros de la comunidad quienes otorgan a sus funcionarios la legitimidad para realizar su misión. Sin esta concesión de legitimidad, la policía, a pesar de toda su autoridad legal, es esencialmente impotente.

Un representante del Congreso sirve términos de dos años, un senador seis, un presidente cuatro. Partisanos todos, ganan o pierden elecciones, vienen y se van. La carrera de un policía no tiene un plazo fijo, pero la efectividad de ese funcionario en la comunidad depende exclusivamente de la legitimidad que le otorgue la gente. Demuestre un sesgo partidista y esa legitimidad se disolverá, tal vez en un instante.

Pregúntele a un oficial de policía competente «¿De qué lado estás?» y la respuesta que escuchará no es el lado republicano o el lado demócrata, sino el suyo. Por supuesto, la policía tiene opiniones políticas y, en estos días, a menudo son opiniones fuertes. Pero todos en la aplicación de la ley, desde el liderazgo hasta el nivel de la calle, deben disciplinarse para actuar sobre esas opiniones solo en las urnas y fuera de servicio.

Los ciudadanos preguntan si la policía es capaz de demostrar tal imparcialidad, especialmente cuando algunos sindicatos policiales respaldan a un candidato de alto perfil, como lo hizo recientemente el presidente de la Asociación Benevolente de la Policía de la Ciudad de Nueva York, Patrick J. Lynch, en el caso de Donald Trump.

Mi respuesta a los policías y su liderazgo es esta: la gente no puede leer su mente o mirar dentro de su alma, pero puede escuchar lo que dice y ver, así como sentir, lo que hace. Además, comparten sus palabras y sus actos en las redes sociales.

Sean justos, mesurados y decididamente apolíticos. Porque la policía debe servir solo a un lado, la comunidad estadounidense, gloriosamente diversa en raza, religión, apariencia, estilo de vida, opinión y afiliación política.