(Crédito: ROBYN BECK/AFP/Getty Images)

Nota del editor: Roberto Izurieta es analista político y profesor de la Universidad George Washington. Fue director de comunicación del presidente de Ecuador Jamil Mahuad del partido Democracia Popular entre 1998 y 2000; además fue asesor de los presidentes Alejandro Toledo en Perú, Álvaro Colom en Guatemala y Horacio Cartes en Paraguay y participó en la campaña de Enrique Peña Nieto en México. Es colaborador político de CNN en Español. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Luego de ver el tercer debate confirmo algo que he experimentado siendo consultor político más de 30 años: la estrategia que usa un candidato está más en relación a su carácter y temperamento que a la recomendada por sus consultores luego de un exhaustivo análisis de información confiable como son las encuestas o los estudios de enfoque.

En este último debate Donald Trump afirmó que con sus nominaciones para la Corte Suprema piensa cambiar el existente derecho de las mujeres a decidir que hacer con su cuerpo; que está en contra de una reforma migratoria integral; que no acepta un básico control para la posesión de armas; y que no podría garantizar no disputar el resultado de la elección de noviembre. Todas y cada una de estas posiciones son contrarias a lo que piensa la mayoría de los votantes en Estados Unidos.

Entonces, ¿por qué toma esas posiciones? Porque su instinto es para pelear, porque no tiene paciencia o tolerancia para escuchar críticas, porque reacciona más rápido de lo que piensa y porque es narcisista y no tolera que su supuesta autoridad pueda ser cuestionada (sobre todo por una mujer). Todas estas son características clásicas de líderes populistas. Aunque debemos reconocer que si bien Manuel López Obrador nunca aceptó ninguna de sus derrotas, pero sólo luego del resultado electoral y no antes como lo hace Donald Trump.

Donald Trump tuvo una enorme posibilidad de ganar esta elección. Hillary Clinton tenía negativos tan altos que en algunos momentos de la campaña eran del mismo nivel que los de Donald Trump (ahora y en general, Donald Trump tiene más). Pero más importante Hillary Clinton personifica la vieja política y la política en sí misma. Desarrollar una estrategia donde el centro del mensaje sea el claro contraste entre la política y el antipolítico habría sido muy fácil y efectivo para Donald Trump, pues hay muchos más votantes que quisieran votar por un candidato que represente la antipolítica y por lo tanto el cambio político en Washington.

A estos votantes Donald Trump sumaría los que consolido tan bien durante su elección interna del partido: aquellos que creen en las teorías de la conspiración; aquellos que todavía les incomoda (por usar una palabra suave) que haya un presidente negro en Estados Unidos; aquellos que sienten que el país que existía y del cual era la fuerza dominante (ciudadanos blancos del interior) se le fue de las manos con el surgimiento de inmigrantes prósperos, los derechos de las personas del mismo sexo a casarse y los derechos de la mujeres. “Bring my country back”, “yo les haré recuperar su país” era un mensaje muy poderoso para esas bases.

Y si a eso les sumamos que muchos de esos ciudadanos blancos del interior (el mismo tipo de población que le dio el triunfo al Brexit) perdieron sus empleos (por el cierre de manufacturas o mineras de cobre) y que se sienten frustrados con su situación y molestos porque sienten que nadie los defiende o representa. En definitiva si Donald Trump desarrollaba una estrategia que motivaba a esa base electoral e iba por más, al conquistar a los ciudadanos que han sido “dejados atrás” estos últimos años por la crisis económica o acuerdos de comercio, y si además, sumaba a todos aquellos que cansados de todo esto, buscaban a un antipolítico, podría haber ganado esta elección con un muy buen margen. Pero no.

Donald Trump pierde esta elección por su mal temperamento, porque no se puede controlar, porque no es disciplinado, porque su ego nubla su razón, porque actúa antes de pensar y por una historia empresarial y personal llena de cuestionamientos que él mismo no ha querido aclarar. En esta elección se confirma una gran regla electoral (y de las matemáticas): más campañas se pierden de las que se ganan. Esta, la pierde Donald Trump.

Donald Trump pierde esta elección por su mal temperamento, porque no se puede controlar, porque no es disciplinado, porque su ego nubla su razón, porque actúa antes de pensar y por una historia empresarial y personal llena de cuestionamientos que él mismo no ha querido aclarar

Roberto Izurieta