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Historias Humanas

Perdí mi lengua materna… y casi a mi madre

Por Reyna Grande

Nota del editor: Reyna Grande es autora de la autobiografía “This Distance Between Us” y “A Dream Called Home”. Nacida en Guerrero, México, llegó a Estados Unidos de niña como inmigrante indocumentada. Las opiniones expresadas aquí son exclusivas de la autora.

(CNN) — Era apropiado que tan solo tres días después de que la Unesco celebrara el día internacional de la lengua materna, el español fuera hablado en la nonagésima primera ceremonia de los Premios de la Academia.

“Podemos hablar español en los Oscar ahora”, dijo en el actor mexicano Diego Luna en el escenario. “Nos abrieron la puerta y no nos iremos”.

Me fortaleció oír el uso sin remordimientos de mi lengua materna en los Oscar —no solamente de Luna, sino también de Javier Bardem y Alfonso Cuarón— y me hizo pensar en mi niñez, cuando en vez de orgullo, me hicieron sentir vergüenza, cuando en vez de que se abriera una puerta, se levantaba un muro invisible, cuando en vez de ser celebrada, mi lengua materna era degradada.

En mi primer día en una escuela estadounidense en setiembre de 1985, al darme cuenta de que no hablaba ni una palabra de inglés, mi maestra de quinto grado señaló hacia la esquina más lejana de su clase y me indicó me colocara en ese lugar. Me ignoró por el resto del año.

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El mensaje que recibí fue que, si yo quería ser vista y escuchada, tendría que hablar en inglés. Mientras me sentaba día tras día, invisible, el trauma de darme cuenta de que hablaba en el idioma “equivocado” me pesaba y mi cabeza daba vueltas con pensamientos debilitantes: estoy rota, estoy equivocada, no soy suficiente.

A mitad de año, mi escuela llevó a cabo una competencia de escritura que requería que todos los estudiantes escribieran una historia. Yo escribí la mía en el único idioma que conocía. Cuando mi maestra recogió las historias para seleccionar las mejores para la competencia, tiró la mía -y las de los otros que no hablaban inglés- a la pila de rechazados.

Cuando comencé la escuela secundaria unos años después, me pusieron en un programa de transición de inglés como segundo idioma (ESL en inglés). Su único propósito era hacer que yo fuera competente en inglés, pero no bilingüe ni que pudiera hablar y escribir en inglés y español. Nunca me alentaron a mantener y desarrollar mi lengua madre, sino a aprender inglés suficientemente rápido para que pudiera unirme a las clases principales, y deshacerme del estigma de ser clasificado como un “estudiante de inglés”.

La Unesco define a un segundo idioma como “un idioma adquirido por una persona además de [su] lengua materna”. Pero en mi escuela secundaria, debido a que el inglés era el único idioma que yo oía de mis maestros, el objetivo parecía ser el reemplazo, y no sumar.

El actor mexicano Diego Luna y el chef José Andrés, durante los 91 Premios de la Academia, en el Teatro Dolby en Hollywood, California, el 24 de febrero de 2019.

Poco a poco, mi español fue suplantado por el inglés hasta que comencé a pensar y soñar, y escribir solamente en ese idioma. No sabía en ese entonces que existe un término para describir este fenómeno –bilingüismo sustractivo, el acto de sustraer la lengua madre y sustituirlo con el inglés. En otras palabras, el desplazamiento de una parte fundamental de nosotros mismos: la expresión inicial inconsciente de nuestra humanidad.

En octavo grado, mi escuela secundaria llevó a cabo una competencia de escritura similar al del de mi escuela primaria. Escribí una historia en inglés esta vez y me anoté en la competencia, ansiosa de ser juzgada bajo los mismos términos que el resto. Para mi sorpresa, gané el primer premio.

Si bien el ganar la competencia me ayudaría a ganar confianza en mis habilidades de escritura, que más tarde llevaron a una carrera como escritora profesional, destruyó mi relación con el español. Lo que aprendí de esa experiencia temprana fue: si escribo en español, será rechazada. Si escribo en inglés, seré celebrada y ganaré premios. Concluí que el inglés era el único camino hacia el éxito en este país.

El resultado es que, por los últimos 30 años, al escribir, las palabras que salían eran en inglés, con solo unas gotas de español para agregarle sabor. He escrito libros que fueron éxitos en ventas, ensayos, notas, columnas de opinión, todos en inglés.

De algún modo, nuestra sociedad ha logrado grandes progresos en cuanto a cómo encara la educación de niños como era yo, pero aún tenemos un largo camino que andar para erradicar nuestra desconfianza y desdén por otros idiomas.

Tome por ejemplo a la mujer en Virginia Occidental que la semana pasada atacó a un gerente en un restaurante mexicano por hablar en español y gritó: “¡mientras esté en Estados Unidos debe hablar en inglés!” O el agente fronterizo en Montana que interrogó a dos latinas nacidas en EE.UU. y les pidió sus identificaciones simplemente porque las oyó hablar en español. O la escena en la Universidad de Duke el mes pasado, cuando la Escuela de Medicina le pidió la renuncia a uno de sus profesores después de que la profesora enviara una advertencia a los estudiantes a que hablen solamente en inglés, o corran el riesgo de “consecuencias involuntarias cuando eligen hablar en chino en el edificio”.

¿Cuáles son las consecuencias no intencionales de ser abochornado o amenazado para que hable en inglés? Cuando nuestra relación con nuestra lengua materna es puesta en peligro, también lo es nuestra autoimagen y nuestra forma más natural de interactuar con el mundo.

Durante mi crianza, la vergüenza que sentí por mi lengua materna eventualmente creó una brecha entre mi madre, quien nunca aprendió inglés, y yo.

Dado que mis padres estaban divorciados y mis hermanos y yo vivíamos con nuestro padre, visitábamos a nuestra madre esporádicamente en su apartamento de un dormitorio en el centro de Los Ángeles cerca de Skid Row, rodeado de personas sintecho, prostitutas y drogadictos.

Cuando llegó por primera vez a EE.UU., a los 30 años, mi madre trabajó en una fábrica de prendas cortando hilos por 15 centavos por prenda. Después, dejó ese trabajo y pasó a vender productos de Avon y sandalias de plástico baratas en el mercado de pulgas local. Suplementaba sus ingresos recolectando latas y botellas de la basura para llevarlas a un centro de reciclado.

Para ese momento, mis hermanos y yo ya habíamos aceptado la creencia de que para tener éxito en este país había que perder la identidad cultural, así que constantemente alentábamos a nuestra madre a que fuera a la escuela para adultos para aprender inglés. Ella sacudía la cabeza, consternada por nuestra sugerencia. Ella decía que “el inglés no se me pega”.

A medida que mis hermanos y yo nos volvíamos diestros en el uso del inglés y finalmente, prevalecía el inglés, comenzamos a rechazar a nuestra madre y todo lo que ella representaba. A la vista de nuestros ojos de estadounidenses, ella era un símbolo de lo que no queríamos ser -inmigrantes de clase trabajadora, sin educación, que no hablan inglés. Cuánta más educación recibíamos en escuelas en EE.UU. y cuánto más nos asimilábamos, más internalizábamos el desprecio que la sociedad estadounidense tiene por alguien como mi madre. Mis hermanos y yo hablábamos en inglés todo el tiempo, y a medida que pasaban los años, excluíamos conscientemente e inconscientemente a nuestra madre de todas nuestras conversaciones y, eventualmente, de nuestras vidas estadounidenses de clase media.

En la edad adulta, me he dado cuenta de cuán importante es el bilingüismo en un país diverso como el nuestro. Aun así, aquellas experiencias formativas en la escuela me impidieron enseñarles el español a mis propios hijos. Lo mismo les ocurrió a mis hermanas. En las ocasiones excepcionales en que veían a su abuela, mis hijos no podían hablar con ella sin la ayuda de Google Translate.

Tal como pasó conmigo, la barrera idiomática creó una distancia entre mis hijos y mi madre.

Mi hijo adolescente no puede hablar en español más allá del nivel 1. El español de mi joven hija era tan limitado como la de mi hijo, pero hace unos años nos mudamos a Davis, en California, y nos asombró saber que la escuela primaria local Marguerite Montgomery ofrecía un programa de inmersión bidireccional en español, a pesar de que la población es 55,4% blanca, ni hispánica ni latina, y solamente un 14% latina.

Vi esto como una oportunidad para deshacer mi error y pedí que inscribieran a mi hija en el programa. Pero, como ella ingresaba a la mitad de segundo grado y no en el jardín de infantes, que es cuando típicamente comienzan los estudiantes, le tomaron una prueba de nivel. Casi no aprobó. No podía hablar en oraciones y solo sabía palabras individuales como agua, mamá, papá. Por suerte, la dejaron inscribirse de todas formas.

Seis meses después, me invitaron a visitar su clase para ver el proyecto final de mi hija: una presentación en diapositivas de 20 minutos de duración sobre membrácidos, en español. En seis meses, mi hija se había vuelto completamente bilingüe y era capaz de leer en ambos idiomas, sin perder su lengua nativa, y mejor aún, sin ningún trauma.

Cuando la llevé a México a visitar a mis parientes durante las fiestas, ella estaba tan contenta de poder hablar con todos allí, incluyendo a su propia abuela, a quien yo había invitado a acompañarnos en el viaje como una manera de conectarnos otra vez. Ahí estábamos -mi madre, mi hija, y yo hablando juntos en español. “Gracias, mami, por inscribirme en ese programa”, me dijo mi hija el día que llegamos.

La experiencia de mi hija con el aprendizaje idiomático ha sido el opuesto a la mía. Sus maestros nunca le hicieron sentir que debía sacrificar, sustraer, reemplazar ni rechazar nada de su persona. La lección más importante que su programa bilingüe le ha enseñado es esta: ella es más ahora, no menos, de lo que era.

Tuve que llegar a la adultez para darme cuenta del alcance del daño causado por mi trauma educativo causado por instituciones que me avergonzaron para que hable solamente en inglés. Pero estoy reclamando de a poco lo que me forzaron a ceder: mi conexión con mi lengua materna y con ella, mi relación con mi propia madre.

Espero que entre los millones de personas que vieron los Premios de la Academia el domingo por la noche, haya habido una inmigrante de quinto grado que oyó cómo hablaban en su lengua materna en uno de los eventos más prestigiosos en el país y que se haya dado cuenta de que no es invisible, ni está rota.

Por mi parte, Diego Luna y sus artistas colegas me han inspirado a hacer algo que jamás pensé que podría llegar a hacer: escribir un libro en español y redescubrir lo que una vez perdí, una palabra a la vez.